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¡Él está loco!
Eso fue lo que Nancy Forrases, de 72 años de edad, pensó cuando vio a su marido Pete, de 77 años, diagnosticado con cáncer de páncreas, que cruzaba corriendo hacia ella en el estacionamiento del almacén de abarrotes.

«Pensé que seguramente él vendría hasta donde yo estaba y colapsaría», cuenta Nancy, pero no fue así, ya que por alguna razón desconocida para ella o para Pete en ese momento, Dios lo había sanado a él muy temprano aquella mañana.

Los Forrases han asistido a Tullahoma First Assembly of God [Primera Asamblea de Dios en Tullahoma], en el estado de Tennesse, durante los últimos trece años, y antes habían sido miembros de una iglesia de las Asambleas de Dios en Renton, Washington, por muchos años.

Siempre activo y en movimiento, Pete posee una «dinámica» personalidad. Pero a principios de 2017, comenzó a luchar. La fatiga y el dolor se convirtieron en compañeros constantes.

«Él ya no tenía energía en lo absoluto. Aun cuando no hiciera nada, estaba totalmente agotado. Viajábamos regularmente a Washington para ver a nuestros hijos, pero ni siquiera podíamos hacer eso», cuenta Nancy y agrega con una pequeña sonrisa: «Sé que él está realmente enfermo cuando me pregunta si puedo conducir, pues sabe que no me gusta hacerlo».

Cuando tuvo problemas para orinar, Pete finalmente decidió ir al doctor, quien le realizó un examen de próstata. Este examen reveló que las arterias hacia los riñones estaban encogidas u obstruidas. Esto también reveló algo mucho más serio: tres tumores en el páncreas, cuyo tamaño oscilaba entre los 8 y 14 milímetros. Una biopsia confirmó que tenía cáncer de páncreas.

El cáncer de páncreas es un asesino que no tiene favoritismos: la radiación y la quimioterapia son ineficaces y ninguna cantidad de dinero o conocimiento médico actual ofrecen una «cura mágica». Personas con fama y fortuna han sucumbido ante este mal, entre estas el cofundador de Apple, Steve Jobs, el actor Patrick Swayze, el actor Alan Rickman, la estrella de opera Luciano Pavarotti, el músico Henry Mancini, y un sinnúmero más. «Es lo peor que te podría suceder», dice Pete, «cuando te diagnostican con esto, no hay duda de que significa que estás acabado».

Para algunos, la cirugía sería el mejor intento para alargar la vida; pero no para Pete, pues debido también a una afección cardiaca, esta opción no era viable. Los médicos le dijeron que no podría sobrevivir a una operación de entre ocho y diez horas.

Los Forrases se volcaron hacia la oración. Nancy corrió la voz a través de las redes sociales, y ambos contactaron a amigos en Tullahoma, Renton, y a todo lo largo y ancho del país para hacer oración.

«Le dijimos a todos aquellos que conocíamos y a todas las iglesias a las que habíamos asistido: mucha gente estaba orando. En la Asamblea de Dios de Tullahoma, las personas oraron hasta dolerse. . . cuando la gente ora así, el Señor escucha», expresa Pete.

A pesar de las oraciones, la salud de Pete continuó empeorando. «Me sentía tan mal que ya no podía seguir orando. Todo lo que podía decir era: “Te alabo Señor, bendíceme Señor”», reconoce Pete. Aun así, Dios confirmó su presencia. «Todo el tiempo escuchaba canciones cristianas en mi cabeza. Fueron tan claras que pensé que la radio estaba encendida en la habitación contigua, pero no era así. Creo que fue el Señor quien me hizo saber que estaba conmigo».

«A Pete le encanta viajar, pero cuando enfermó, dejó de hacerlo y también dejó de ir a la iglesia con frecuencia», dice Ron Forrester, quien ha sido pastor de Tullahoma First Assembly of God [Primera Asamblea de Dios en Tullahoma] durante 18 años. «Se estaban preparando para el momento de su muerte, familiares y amigos estaban de visita y hacían un inventario de las cosas de su casa».

Pero Dios no estaba listo para el «inventario». Hacia finales de octubre, Pete tuvo que ser trasladado a emergencias médicas con otro problema y donde le fueron tomados unos rayos X.

Posterior a las pruebas, Nancy tuvo que detenerse en la tienda de abarrotes. Dejó a Pete en el coche, sabiendo que estaba demasiado débil para caminar.

«Mientras ella caminaba por el estacionamiento, de repente yo tuve este pensamiento: Dios mío, yo no quiero quedarme sentado aquí», recuerda Pete. «Así que salí del auto y corrí por el estacionamiento para alcanzar a mi esposa, y después anduve por toda la tienda con ella, ¡me sentía como niño con zapatos nuevos!».

Cuando Nancy le preguntó acerca de ese momento, Pete respondió: «¡No puedo creerlo, pero me siento bien!».

Comenzó a recuperar la energía y ese dinamismo en su manera de caminar.

Una semana después, recibieron los resultados de las pruebas clínicas. Los tumores aparentemente habían desaparecido.

En un principio, Nancy estaba dudosa en creer que Pete estuviera sano, porque ella antes había orado por otras personas con cáncer pero no habían sanado en esta tierra. «Me pareció demasiado bueno e increíble», pensó.

A todo esto, siguió un viaje al oncólogo, que incluyó una radiografía mejorada. Las pruebas confirmaron el hallazgo inicial: ¡no había tumores, no había cáncer de páncreas, y las arterias estaban funcionando a la perfección!

Poco después, Pete fue a ver a su doctor. Él había recibido todos los estudios, pruebas y exámenes. «Me miró y dijo: “Pete, no hicimos nada por ti, el Señor te sanó”».

Forrester hizo eco de lo que el doctor había dicho: «Esto es un completo milagro», dijo, «esto debe ser cosa de Dios porque no hay razón médica para qué él esté bien».

Desde aquel momento, Pete ha hablado a toda persona que quiera escuchar, y aun a quienes no, acerca de cómo Dios lo sanó. «El médico que me hizo la prueba en el estómago para diagnosticar el cáncer, casi reconoció que hubo un milagro, pero solo dijo: “A veces suceden cosas como éstas”. Entonces, lo miré y le dije: “Tú sabes que esto no es así”. Solo me miró y sonrió».

Pete dice que su testimonio se ha difundido a través de las redes sociales, y cree que, por lo menos, está poniendo una semilla de fe en la vida de las personas, al establecer que: «¡Nadie puede negar lo que Dios ha hecho en mi vida!».



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Alcance y revitalización de las zonas rurales en los Estados Unidos

Wed, 28 Feb 2018 - 1:21 PM CST

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Vivimos en un mundo de paradojas.

Como en la novela historia de dos ciudades, de Charles Dickens, este es el mejor de los tiempos y de alguna manera, también el peor de los tiempos. Esta parece ser la era de la información y el conocimiento y, sin embargo, también es una era de insensatez. Es una era de fe y un tiempo de incredulidad; un tiempo de luz en un mundo envuelto por completo en las tinieblas; una primavera de esperanza en medio del invierno de la desesperanza. Esta parece ser la descripción de muchas iglesias en los Estados Unidos, pero en especial en las zonas rurales del país.

La historia de las zonas rurales de los Estados Unidos es una historia de valentía, ingenio, independencia, destreza y auténtica determinación. Es la historia de la comunidad, las relaciones de toda la vida y los lazos familiares. Esta imagen ocupa un lugar nostálgico en muchos corazones. Es posible que aquellos que viven en las zonas rurales, o han pasado mucho tiempo en ellas, hayan presenciado su nivel de resistencia: la calidez de los vecinos, la firmeza de los valores familiares, lo fuertes que son las relaciones y las comunidades. Todavía hoy encontramos ejemplos de esto a lo largo y ancho de cada zona rural de los Estados Unidos. Es una narración maravillosa que abarca el ministerio y la misión y les sirve de catalizador; un ideal digno de anhelar.

Con todo, este no es el cuadro completo.

Hay otra historia de las zonas rurales de los Estados Unidos, y es mucho más inquietante.

J.D. Vance nos alertó respecto a esto el año pasado en Hillbilly Elegy [Elegía de los montañeses]. Es el relato de una cultura que lucha, que envejece, que disminuye, y que a veces se desintegra. Es un relato de los limitados recursos en comunidades que los habitantes han abandonado para emigrar a las ciudades. Es un relato de pérdidas de industria, gobierno, filantropía e incluso iglesias. Es un relato de una pobreza que aumenta y los desafíos que para ella significan las adicciones y el cuidado de la salud. Es un relato sobre estructuras familiares que se desintegran de manera drástica. Este relato también forma parte del cuadro.

La información objetiva es nuestra aliada. Y a veces es difícil enfrentarla.

Las estadísticas dan validez a la perspectiva más negativa, más aún en estos últimos años. Las iglesias rurales se encuentran en una encrucijada. Están enfrentando cambios de paradigma que, sin la dirección del Espíritu, pueden conducir a la muerte de muchas congregaciones.

Después de décadas de una invisibilidad casi total a la sombra de la iniciativa de la misión urbana, la palabra «rural» surge nuevamente en la conciencia pública. Esto se hizo especialmente evidente en las últimas elecciones presidenciales, las cuales prestaron voz a muchos que habían estado mayormente ausentes del discurso público en los medios de información.

Las generalizaciones y las caricaturas deben convertirse en una verdadera comprensión. Necesitamos considerar el gran número de personas que vive en las zonas rurales de los Estados Unidos como algo más que un simple dato demográfico. Son personas y comunidades con oportunidades y retos reales. Nosotros como Iglesia debemos observarlos con una visión clara y con la mente de Cristo. Cuando escuchemos el término «rural», debemos pensar en un grupo especial de seres humanos donde hay diversidad, hecho a imagen de Dios, afectado como todos nosotros por la Caída, y en necesidad de la redención que solo Jesús ofrece.

Nos resulta fácil mirar ahí donde nosotros no vivimos y hacer suposiciones que son tan eróneas como deshumanizantes. Es aún peor cuando esas suposiciones se convierten en juicios. Y es causa de mayor preocupación cuando desarrollamos nuestra misión a partir de estas creencias. A continuación presentamos tres conceptos erróneos y problemáticos.

La homogeneidad cultural
El primer concepto erróneo consiste en suponer que las zonas rurales de los Estados Unidos son básicamente todas iguales. En realidad, el paisaje rural representa a millones de personas, cada una con su propia historia. Viven en comunidades diversas, con su propia cultura demarcada por sus límites geográficos, sus industrias locales, su historia regional y otros aspectos. Cada una de estas comunidades hace su contribución única a la rica complejidad de nuestro país. Y cada una de ellas también enfrenta pruebas que son exclusivamente suyas.

La Secretaría de Agricultura de los Estados Unidos informa que se considera rural el quince por ciento de nuestra población (más de cuarenta y seis millones de personas) que habita el setenta y dos por ciento de nuestro territorio. ¡Solo la enormidad de la geografía nos da una idea de la extraordinaria diversidad!

Dentro de esta diversidad encontramos complejos problemas económicos que es importante entender a la hora de considerar de manera estratégica la misión y el ministerio. Hay algunos condados rurales que son pintorescos lugares de descanso y vacaciones. Muchas veces estas zonas son una mezcla de abundante riqueza y extrema pobreza, en las cuales el industrialismo ha dado paso a la empresa de los servicios o del turismo.

Los condados rurales situados dentro del «granero» de los Estados Unidos tienden a ser comunidades estáticas que mantienen la agricultura como maquinaria económica. Estos condados pueden ser remotos y aislados.

Las zonas situadas dentro del «cinturón del óxido» [rust belt], entre el noroeste montañoso y el sur de Appalachia han sufrido la pérdida masiva de trabajos relacionados con una inductria en decadencia. Estos condados han visto un drástico cambio en solo una generación con la caída del carbón específicamente, y las oportunidades de las industrias en general.

Además de lo anterior, las zonas rurales albergan numerosos grupos étnicos y poseen una diversidad cultural que va en aumento. Los hispanos constituyen alrededor del 9,3 por ciento de la población rural, y los afroamericanos son algo más del 8 por ciento. Las diversas etnias que se presentan en las zonas rurales tienden a agruparse geográficamente, dependiendo de los recursos relacionados con el idioma (como, clases de inglés como segundo idioma [ESL, por su sigla en inglés]), en sectores habitacionales próximos a las escuelas y cerca de los miembros de la familia. Las zonas rurales del suroeste tienen una población más elevada de hispanos y afroamericanos. En algunos condados rurales, estas poblaciones étnicas son considerablemente mayores que el promedio general en el país, lo cual da testimonio de la necesidad de que cambiemos nuestra manera de ver las comunidades rurales que, hasta ahora, han sido definidas por el pasado o por perspectivas superficiales.

En años recientes, hemos aceptado la idea de que cada ciudad tiene su personalidad exclusiva y sus áreas socioeconómicas propias dentro de su geografía. Cuando vamos de una ciudad a otra, podemos notar que estamos en un lugar diferente. La gente, la alimentación, las industrias y los intereses locales presentan una historia diferente, y señalan la necesidad de maneras diferentes de realizar nuestro acercamiento a cada lugar. Desde Nueva York hasta Nashville, Denver o Los Ángeles, los relatos, los sufrimientos y las luchas y las historias locales conforman la misión.

Lo cierto es que todos los lugares son así, sean grandes o pequeños. Pintar a cualquier grupo con la brocha gorda equivale a no verlo como él es en realidad.

Saber que un lugar es rural no significa conocer su corazón ni sus necesidades; sencillamente dice que conocemos su clasificación más amplia. Detenernos en este punto sería como escuchar el nombre de alguien, y después dar por sentado que conocemos íntimamente a la persona, sin hacer más preguntas. Las comunidades rurales tienen culturas propias que nosotros debemos aprender a reconocer, una por una. No podemos ir de misión a una comunidad si no conocemos su compleja historia, comprendemos su realidad presente, y confiamos y nos esforzamos con el fin de que tenga un futuro próspero con la esperanza del Evangelio.

Una vida idílica
El segundo concepto erróneo es pensar que en las zonas rurales de los Estados Unidos todo marcha bien, mientras que los centros urbanos son los únicos que están en decadencia. Aunque la población general de las comunidades rurales es diversa, hay retos que afectan a un grupo cada vez mayor de personas y que se ha hecho común entre muchos de estos grupos étnicos. Esto se debe en parte a las tendencias nacionales relacionadas con la migración de la población.

El siglo pasado, los Estados Unidos comenzó a vivir una constante urbanización. En 1900, apenas treinta y cinco por ciento de la población vivía en las zonas metropolitanas. Hoy en día, ese índice es ochenta y seis por ciento. La expansión urbana se ha apoderado de muchos condados que anteriormente eran rurales, transformándolos y cambiándolos de clasificación. En la actualidad, menos de cincuenta millones de personas viven en los 1.976 condados que siguen siendo clasificados hoy como no-metro o áreas rurales, y la población colectiva dentro de esos condados se reduce cada vez más.

El resultado es una población rural estadounidense más pequeña, formada por condados de crecimiento más lento, con un potencial económico reducido y estancado. A pesar de un resurgimiento de los empleos y un aumento en los sueldos desde la recesión económica del 2008, la recuperación en las zonas rurales de los Estados Unidos es más lenta. De hecho, la cantidad de empleos rurales se mantiene por debajo del nivel que había alcanzado antes de esa recesión. Una caída del veinticinco por ciento en la producción rural causó que desaparecieran setecientos mil empleos entre 2001 y 2015, y muchos de estos empleos están en otros países. Los puestos de trabajo que aún existen ofrecen un nivel de sueldo significativamente menor que lo que se ofrece en las zonas urbanas.

Las zonas rurales también están rezagadas en cuanto a educación y cuidado de la salud. Aunque el nivel de la educación a nivel nacional ha aumentado, hay una diferencia cada vez más grande entre el número de personas que habitan en las zonas urbanas y las que habitan en las zonas rurales, y que tienen títulos universitarios. El Grupo de Investigación Demográfica del Centro Weldon Cooper para el Servicio Público en la Universidad de Virginia informa que desde 1990, el número de graduados de la universidad que viven en el centro de las cincuenta zonas metropolitanas más grandes del país ha aumentado drásticamente en un veintitrés por ciento, mientras que, en las comunidades situadas a unos cincuenta kilómetros de distancia de ellas, solo ha aumentado en un diez por ciento. La brecha aumenta conforme nos alejamos de la ciudad. Esto se debe en parte a la reubicación de quienes obtienen un título con el fin de encontrar más oportunidades económicas.

Los residentes de las zonas rurales también tienden a ser de edad más avanzada y más propensos a las enfermedades que quienes viven en las zonas urbanas. Cuando la riqueza y la proporción de personas que se gradúan de la universidad son menores en una comunidad, se limita el acceso financiero general al cuidado preventivo de la salud. Las personas que tienen los ingresos más bajos sencillamente no van al médico cuando (todavía) no están enfermas. Sin embargo, esta no es la única causa de la decadencia general en relación con la salud. Después de hacer un ajuste por edad, vemos que el nivel de muertes por accidente en las zonas rurales es mayor que en las ciudades en un cincuenta por ciento. La frecuencia de los accidentes por exceso de velocidad en parte lo explica, pero también el abuso de sustancias opioides y las muertes por sobredosis, que son más elevadas en las poblaciones rurales y más pobres.

Un estudio de 2016 realizado por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades reveló que el porcentaje de suicidios es mayor entre los campesinos, que entre los veteranos. Hay muchas razones posibles para esto, pero al parecer, la salud mental de nuestros hermanos y hermanas campesinos enfrenta un peligro tan grande como la salud económica, educacional y física. Es muy cierto que ninguna de ellas es lo mejor.

En general, este no es un buen presagio para el futuro. Si continúan estas tendencias, no solo disminuirá la población rural, sino que dependeremos aún más del crecimiento y el bienestar económico urbano para suplementar las necesidades del país. Habrá menos personas que vivan en los campos y ganen sueldos que sustenten a quienes dependen de ellos, por ejemplo, los niños y los miembros jubilados de las familias.

Y la población cada vez menor de una comunidad no es solo un desafío de tipo demográfico y económico. Significa también que la cultura está en peligro de desaparecer. El conjunto de valores de una comunidad depende de su memoria colectiva. Los lugares se convierten en lo que son, gracias a la gente que vive en ellos. Las familias transmiten tradiciones de una generación a otra, y así se forma el carácter de un pueblo. ¿Qué sucede cuando esas personas se van? Sus recuerdos y sus experiencias compartidas van con ellas. Es posible que algunas zonas experimenten una especie de revitalización, con la formación de un nuevo carácter y una nueva cultura que remplace a las anteriores. Pero en muchos casos, el alma del pueblo desaparece en el silencio, dejando el cascarón vacío de su anterior vitalidad. Esto puede ser desconcertante para quienes quedan en el lugar, y viven y trabajan ahí. Más que languidecer de egoísmo mientras añoran los buenos tiempos pasados, realmente están luchando por encontrar un equilibrio.

Esta es la antítesis de la idea de que a las zonas rurales de Estados Unidos les va bien. Nuestros amigos campesinos no gozan de un idílico estilo de vida, en contraste con las luchas en las zonas urbanas. En realidad, el campo estadounidense se encuentra en una posición peligrosa; tal vez en un peligro de deterioro y decadencia mayor que muchas ciudades. Esto requiere de la urgente atención y la oración de los cristianos. Si queremos estar en misión, debemos tomar en cuenta estos retos y abordarlos con comprensión y empatía.

La saturación con el Evangelio
El tercer concepto erróneo consiste en pensar que las zonas rurales de los Estados Unidos no necesitan más iglesias. La tendencia de la migración hacia la urbanización ha definido la fundación de iglesias durante el siglo pasado. Puesto que las personas continúan trasladándose a las ciudades, todavía se considera importante la fundación de iglesias urbanas. Sin embargo, eso no quiere decir que no haya una gran necesidad de iglesias en las zonas rurales.

Donnie Griggs escribe lo siguiente en su libro Small Town Jesus: Taking the Gospel Mission Seriously in Seemingly Unimportant Places [El Jesús de los pueblos pequeños: asumamos con seriedad la misión del Evangelio en lugares aparentemente poco importantes]: «La nación de los pueblos pequeños se ha desmoronado. Tal vez esto no se deba directamente a que nos hemos concentrado primordialmente en los centros urbanos. Ciertamente, eso es discutble, pero lo indiscutible es que los pueblos pequeños tienen la misma necesidad de grandes líderes y grandes iglesias como cualquier gran ciudad. ¿Nos sorprende esto a nosotros, los que creemos que Jesús es la única esperanza para todos los seres humanos en todo lugar?»

En muchas comunidades pequeñas hay varias torres de iglesia que se proyectan hacia el cielo, pero ¿qué podemos decir del promedio de asistencia que llenan sus bancas? Una excelente herramienta que responde a esta pregunta es los Archivos de Datos de la Asociación de Religión (ARDA, por su sigla en inglés), la cual mantiene el Informe de Afiliación Congregacional en los EE.UU. por condado y lo compara con los datos del Censo de los Estados Unidos. Basta una rápida mirada a los códigos postales rurales con la ayuda de esta herramienta para darnos cuenta de que el número de personas que no asisten a ninguna iglesia en los condados rurales es mucho más significativo de lo que la mayoría de nosotros pensaríamos.

Las investigaciones indican que, cualquiera que sea su ubicación geográfica, en todos y cada uno de los contados rurales todavía necesitamos congregaciones que comuniquen el mensaje de vida e iglesias dinámicas y con mentalidad misionera. No basta con tener una «presencia cristiana» en las zonas rurales de los Estados Unidos con el solo fin de establecer una identidad nominal, en vez de una participación comprometida. Se necesita la vitalidad de las iglesias con visión misionera. El llamado «cinturón de la Biblia» y otras zonas rurales no están ni siquiera cerca de alcanzar un punto de saturación con el mensaje del Evangelio.

A pesar de esto, no debemos perder la esperanza. Hay una gran oportunidad para nosotros en las zonas rurales de los Estados Unidos, ya que hay una evidente necesidad de la predicación y el discipulado. La iglesia rural no es el callejón sin salida de una misión marginada, sino una importante vía al fortalecimiento de la iglesia en nuestro país. 

Aunque las estadísticas parezcan desalentadoras, en realidad representan una gran oportunidad para la iglesia. Las debemos interpretar como un llamado a otro Gran Avivamiento; un avivamiento que reciba con brazos abiertos las posibilidades y dé un paso de obediencia, fe y expectativa. También debemos recordar que los datos que parecen desalentadores no significan que hay una ausencia de bien. Las personas que viven en las comunidades rurales portan en sí la impronta de Dios. En muchos lugares, encontramos personas que todavía perseveran en unidad y se brindan ayuda mutua con genuina profundidad, y amor sincero. Esto es una expresión del Evangelio, y cuando estas actitudes son redimidas por la Persona, la obra y el señorío de Cristo, es imposible anticipar cuán poderosas pueden ser estas comunidades y el impacto que pueden ejercer. Ahora bien, se necesitará un movimiento contracultural que invierta de manera deliberada en las comunidades rurales.

Lanzarse en misión no significa arremeter con arrogancia, según el consejo de expertos externos como si nosotros tuviéramos todas las respuestas. Significa escuchar las preguntas y los problemas, integrarnos a la comunidad y ver la belleza que hay en las relaciones dentro de ese ambiente.

Conforme aumentan los retos y la gente comienza a entrar en esas zonas, no podemos limitarnos a permanecer distantes y desde nuestra posición tratar de animar a los que realizan el trabajo. Debemos estratégicamente crear sistemas de apoyo. De la misma manera en que, cien años atrás, observamos las grandes ciudades y comenzamos a pensar unidos en maneras de alcanzarlas, ahora debemos hacer lo mismo para favorecer a los poblados más pequeños. La experiencia que nos permitirá alcanzar esas zonas seguramente proviene desde dentro de ellas mismas. Necesitamos un esfuerzo unificado de la Iglesia, tanto dentro como fuera de las zonas rurales de los Estados Unidos, para reunir los conocimientos y los recursos que se necesitan a fin de promover la misión de Dios.

Las voces de aquellos que tienen el fervor de alcanzar a las comunidades rurales han comenzado a unirse, y esto es algo bueno. Estamos formando una misiología que tiene en su corazón el vasto territorio que reconocemos como rural en nuestro país.

Modelos de esperanza
Son muchos los que han expresado preocupación por estas zonas, y ya no son voces distantes y poco audibles. Muchos de estos líderes crecieron en zonas rurales y han respondido al llamado de Dios para volver a ellas a ministrar. En su libro Transforming Church in Rural America: Breaking All the Rurals [Transformando la Iglesia en la zona rural de los Estados Unidos: cómo romper todos los conceptos rurales], Shannon O’Dell escribe: «Durante siglos, la iglesia rural ha estado sola y aislada del gran cuerpo de Cristo, sencillamente por las realidades geográficas. Esos días ya han pasado. No hay razón alguna de que no podamos colaborar como una red de líderes, que resisten el conformismo, para compartir recursos, aliento, sabiduría y visión. Ya no tenemos que seguir trabajando solos; juntos podemos hacer mucho más, y mucho mejor».

Shannon O’Dell es pastor de una iglesia en Bergman, Arkansas (407 habitantes). Su iglesia es ahora el centro de una red de iglesias rurales que reúne a trece congregaciones de Arkansas y Texas, y una en Rusia.

El pastor Jon Sanders es otro fundador de iglesias y pastor que porta la bandera del ministerio rural y la fundación de iglesias. En abril de 2009, con su familia dejó Peoria, Illinois, para comenzar un ministerio en Flandreau, Dakota del Sur. Ese año, Dios llamó a Jon a establecer iglesias que prediquen el mensaje de vida en comunidades rurales de todo el estado de Dakota del Sur, el Medio Oeste y el mundo. Utilizando Facebook Live, The Rescue Church se reúne ahora en cinco comunidades y ha comenzado un curso de entrenamiento en línea llamado Small Town, Big Church [Pueblo pequeño, iglesia grande], para apoyar y preparar a otros pastores rurales.

Bryan Jarrett, pastor principal en Northplace Church (AD), cerca de Dallas, es una voz de influencia y aliento para la iglesia rural. En septiembre pasado, en la primera conferencia anual Rural Matters [Nuestras zonas rurales son importantes], lanzó un desafío a líderes y pastores, que representaban más de dieciséis denominaciones y redes, a cambiar su manera de pensar y de hablar acerca de las iglesias rurales. Jarrett ha sido testigo presencial del impacto que pueden causar en las zonas rurales una iglesia que proyecta vida. Esa es la razón de que Northplace Church inició en 2012 una red que llamó Water Tower Network [la Red de la torre del agua]. Este ministerio ayuda a sostener y preparar líderes y pastores rurales. Jarrett ve con claridad los retos, pero también ve el extraordinario potencial que hay en las comunidades rurales, y está decidido a alcanzar los campos olvidados de Norteamérica.

Diversas organizaciones como OneHope y las Asambleas de Dios, y el Centro Billy Graham en Wheaton College, han comenzado a convocar a fundadores y líderes de las iglesias rurales. Una de las grandes luchas del movimiento de fundación de iglesias rurales es que la mayor parte de los recursos y autores conocidos y celebrados proceden de ciudades y de contextos urbanos debido a los pasados cien años de enfoque urbano. Con frecuencia, la corriente dominante de recursos para la fundación de iglesias no ha sido útil, puesto que las estrategias para la fundación de iglesias rurales deben ser marcadamente diferentes a las que se usan dentro de cualquier otro contexto.

No obstante, considerando que hay más de cuarenta y ocho millones de habitantes en las zonas rurales de los Estados Unidos, se está levantando un alentador movimiento dedicado a fundar iglesias en las zonas rurales. Se están desarrollando recursos especializados para estos fundadores de iglesias. En abril de 2017, el Centro Billy Graham lanzó el Rural Matters Institute [Instituto de asuntos rurales]. Esta organización, en asociación con otras organizaciones basadas en la fe, está proporcionando el apoyo, el entrenamiento y la comunidad que necesitan quienes trabajan en contextos no urbanos.

Desde 2003, Rural Compassion de Convoy of Hope se ha asociado a líderes, organizaciones e iglesias de las comunidades a fin de proporcionar entrenamiento y recursos que satisfagan las necesidades en las zonas rurales.

«Me siento continuamente anonadado ante la pobreza que vemos en los poblados de las zonas rurales de los Estados Unidos», dice Steve Donaldson, director principal de Rural Compassion. «Y me siento igualmente inspirado por la firmeza y las soluciones comunitarias que se presentan en esos mismos poblados».

En las comunidades más pequeñas, donde faltan los recursos esenciales, la iglesia tiene la oportunidad de ser Iglesia de una manera que es altamente relevante y profundamente necesaria. El lugar del cristiano es donde hay necesidad y desesperanza, porque aportamos un mensaje de esperanza que es vitalmente necesario en esos contextos. El ambiente rural es el espacio donde podemos realizar una gran labor y dejar nuestra pequeña huella. La ciudad es un campo de tal manera lleno de posibilidades que hasta las iglesias que están creciendo tienen que hacer un gran esfuerzo para sentirse relevantes. En las zonas rurales, cuando se establece una iglesia que comunica vida, todo el mundo lo sabe, y las pequeñas oportunidades de servicio y ayuda tocan la vida de muchas más personas. Una iglesia en crecimiento dentro de una población que está disminuyendo no permanecerá en el anonimato por mucho tiempo. Pudiera ser que su labor ayude a que la comunidad encuentre una nueva vitalidad.

Es hora de poner a un lado los conceptos erróneos y abrazar las realidades, aunque sea difícil escucharlas. El Espíritu Santo nos está guiando hacia el propósito divino de que aprovechemos esta oportunidad para el ministerio rural. Debemos confiar en Dios respecto a su cosecha, creyendo que Él detendrá el movimiento hacia la oscuridad. Las estadísticas señalan que hay sufrimiento y lucha, pero nosotros conocemos una historia que seca las lágrimas.

No nos debemos limitar a ver estas comunidades solo como material de estudio. Las debemos amar, tal como las ama Jesús. Debemos considerar los desafíos y buscar maneras de enfrentarlos, así como Jesús vio nuestra urgente necesidad y fue a nuestro encuentro, ahí mismo donde estábamos. Debemos reconocer el sufrimiento y acompañar a las personas en esta travesía de la vida, así como Jesús se identificó con nuestro propio sufrimiento. Debemos estar dispuestos a echar raíces y a convertirnos en parte de la comunidad, así como Jesús se hizo hombre y habitó entre nosotros.

Para entregar el mensaje de Jesús, es necesario que vayamos. Desarrollemos ese carácter y vivamos como obreros enviados por el Señor.

No es fácil. Pero el momento ha llegado.

¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian buenas nuevas!



Este artículo apareció por primera vez en la revista Influence Magazine edición March/April 2018. Usado con permiso.

Authors: Tena Stone | Ed Stetzer