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Hace dos años, llegamos en nuestro ministerio a un punto en que nos sentimos agotados por completo. Estábamos conscientes de los peligros que representa el desgaste físico. Habíamos trabajado con muchos misioneros y pastores que habían sufrido de esa manera. Sin embargo, nos costó aceptar la realidad de que nosotros mismos estábamos enfrentado ese peligro. Por fin, bajamos la guardia ante algunos de nuestros amigos más cercanos, y ellos nos convencieron de que tomáramos unas pocas semanas de descanso, nos reorganizáramos y dejáramos de centrar nuestros pensamientos en el trabajo para centrarlos en Dios.


Durante nuestro tiempo de descanso, buscamos que Él renovara aquellas áreas de nuestro vida que se estaban marchitando en la misma vid. Nos desconectamos del correo electrónico, los medios sociales y las responsabilidades del ministerio para dejar que el Espíritu Santo hiciera su obra.


No sufrimos un drástico cambio de rumbo, pero Dios hizo renacer en nuestro interior una intencionalidad que provocó un cambio gradual y fundamental; tanto un cambio de corazón como un cambio en la forma en que hemos decidido vivir nuestra fe. Hemos sentido una disposición mayor a esperar que Dios intervenga en aquellos aspectos a los cuales la fe y la confianza no siempre llegan con facilidad. También hemos tomado una decisión consciente de usar de manera más deliberada el tiempo y la energía de las que disponemos. No todos los desafíos que encontramos demandan una inversión de tipo emocional. De hecho, la mayoría de ellos no la merecen siquiera.


Como pentecostales, tenemos cierta afinidad por los sucesos que transforman. Aunque puede haber períodos cruciales que lleven a un proceso de renovación, hemos llegado a la conclusión de que la renovación personal no es un solo suceso; ni siquiera una serie de sucesos. Más bien es el resultado de un estilo de vida que está en proceso de transformación. La renovación puede parecer algo diferente en cada persona. No obstante, podemos confiar que hay ciertas características de la vida renovada que Dios desarrollará en nosotros.


En Isaías 40:31 se nos habla de la fortaleza renovada que reciben los que esperan en Dios: «
Levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán». Es una energía divina que nos capacita para capear las tormentas de la vida, nos levantamos por encima de las derrotas y vencemos en esas luchas cotidianas que nos pueden agotar con tanta facilidad.

Cuando nos apoyamos en la fuerza de Dios, nuestra resistencia aumenta en medio de las crisis y cuando enfrentamos las vicisitudes de la vida en un mundo caído. Conforme Dios nos renueva, sentimos la fortaleza que promete su Palabra, y desarrollamos una visión nueva para el futuro.

         
No es posible separar el espíritu de la mente y del cuerpo. Somos una creación admirable, en la que cada parte afecta al todo, porque todo está relacionado de una manera extraordinaria. Aun así, es necesario que cuidemos de manera deliberada cada una de esas partes con el fin de que seamos renovados y se produzca vida. Exploremos estos desafíos y los pasos de acción correspondientes que se relacionan con el proceso integral de renovación.

 

El aspecto espiritual 

Como pueblo del Espíritu, nos sentimos atraídos a la vida. Es lamentable que a veces haya quienes confunden al Espíritu con las tendencias, los estilos y la publicidad. En cuanto a aquellos de nosotros que tenemos un bajo nivel de creatividad, es un alivio reconocer que «lo más profundo» no equivale a «lo más nuevo». Las mismas prácticas espirituales que fortalecieron a las generaciones del pasado pueden fortalecer nuestra vida hoy. Hay cuatro disciplinas que constantemente debemos practicar.


Orar en el Espíritu. En nuestra condición de pentecostales, no es cosa extraña la experiencia de hablar en lenguas. Sin embargo, tal vez necesitemos recordar lo importante que es apoyarnos continuamente en el Espíritu de esta manera.


Buscar momentos tranquilos con Dios. El arte de escuchar nunca cosecha más beneficios que cuando estamos a solas con Jesús. La presión de mantener un cierto nivel de ruido y de conversación debe doblegarse ante la necesidad de un momento de silencio. Estos últimos años, hemos anhelado tener momentos silencio. Hemos buscado deliberadamente oportunidades de disfrutar la quietud, tanto en la privacidad como en la vida colectiva. Para sobrevivir las exigencias del ministerio en el siglo veintiuno, necesitamos buscar de manera deliberada espacios de silecio en que podamos escuchar la voz de Dios.


Observar la historia. Hemos desarrollado nuevas perspectivas por incorporar a nuestros momentos devocionales los escritos y las oraciones de grandes cristianos que anduvieron antes que nosotros por el camino de la fe y del ministerio. Por ejemplo, Agustín de Hipona dijo que si él tuviera que eliminar todas las disciplinas espirituales menos una, se quedaría con el examen. Esta antigua disciplina es un sencillo ejercicio que consiste en reflexionar sobre nuestro día, dando gracias a Dios por lo bueno que hemos hecho, confesando los aspectos en que fallamos, y buscando perdón y fortaleza para mejorar al día siguiente.

Nunca podremos exagerar cuán importante es reconocer ante Dios nuestros pecados y pedir su misericordioso perdón. Nosotros terminamos muchas veces nuestro día dedicando entre diez y quince minutos a la oración y a reflexionar en silencio. Uno de los beneficios de esto es la sensación de que estamos concluyendo ese día.


Practicar el Día de Reposo
. Es de crucial importancia que nos fijemos límites y destinemos un día semanal al reposo. En cuanto a los ministros, el reto más significativo de todos puede ser el de encontrar tiempo para tener ese día. Y sin embargo, la falta crónica de descanso obstaculiza nuestra búsqueda de una renovación personal.

 

El aspecto mental

Nuestra vida se mueve constantemente hacia el futuro, y la salud con la cual nos dirigimos a ese futuro depende en gran parte de nuestra fortaleza emocional. Los pensamientos negativos, la falta de perdón y la ansiedad traen consigo una neblina de abatimiento y cansancio crónico. No tenemos por qué vivir de esa manera. En Romanos 12:2 se nos recuerda que la renovación de la mente produce una transformación. Esa transformación no es un suceso único; es un estilo de vida, una decisión diaria de confiar en Jesús y seguir su ejemplo.


Cuando llegamos a la edad adulta, nuestros esquemas mentales y la imagen que tenemos de nosotros mismos están bien establecidos. Los años de reprogramación para eliminar los pensamientos y los estilos de conducta negativos nos pueden parecer una tarea insuperable. Sin embargo, para Dios no hay nada imposible. Él quiere que sus hijos sufran menos estrés, ansiedad y depresión, y tengan más esperanza, energía y paz.


Cuando andamos más lento y prestamos atención a la vida, podemos evaluar nuestros procesos mentales, esas experiencias de conocimiento que nos llevan a conclusiones particulares. Entonces podemos examinarlas a través de las verdades de la Palabra de Dios y la realidad de nuestras circunstancias. A veces es beneficioso que hablemos con alguien que nos ofrezca comentarios útiles; este alguien puede ser un miembro de nuestra familia o un amigo de confianza. Si fuera necesario, no dudemos en buscar ayuda profesional. 


¿Cómo podemos cambiar lo que no conocemos, y cómo decidimos dónde comenzar? Tenga en cuenta cuatro aspectos de las decisiones para una vida emocionalmente saludable. Durante el curso de un año, nos propusimos decidir entre dos maneras opuestas de vivir la vida.


Perdón o rencor. Jesús nos dio el mejor ejemplo de perdón en la cruz, cuando le pidió al Padre que perdonara a quienes lo habían crucificado (Lucas 23:34).


No es posible que volvamos al pasado para deshacer los sufrimientos que hemos causado, o las injusticias y traiciones que hemos sufrido por causa de otros. Sin embargo, sí podemos tomar la decisión de perdonar. También debemos aprender a no confundir el perdón con la confianza. No tenemos que exponernos a una situación de tal inestabilidad, y es posible que no olvidemos los sufrimientos. Sin embargo, los sucesos que nos han herido, se pueden convertir en parte de la historia de nuestra vida, sin la amargura que en un momento sentimos al recordar.


Así como perdonamos a los demás, debemos aprender a perdonarnos nosotros mismos. Si tomamos la decisión de aprender de nuestros propios errores y nos negamos a rumiar los «si yo» y los «si yo no», tendremos para con nosotros mismos la compasión que estamos dispuestos a mostrar a los demás. El hecho de dejar que la gracia de Dios fluya en nuestro interior nos permitirá movernos con libertad y seguridad, en vez de quedarnos atascados en el pasado.


Verdad o mentira. Para enfrentar la verdad y la realidad de cualquier situación, es necesario que venzamos la crítica que llevamos dentro. Si no desafiamos esos pensamientos negativos que surgen de manera automática, constantemente despertarán en nosotros el remordimiento por situaciones pasadas; nos robarán el gozo del presente y nos despojarán de toda esperanza para el futuro. Nos dejarán con una actitud fatalista y pesimista que definirá nuestra percepción de la realidad. El hecho de reconocer los pensamientos negativos (por ejemplo: nunca hago lo que debo, soy un fracasado o nadie me ama) de lo que es la realidad, nos ayuda a examinar los hechos con objetividad y claridad. Esto es lo que necesitamos para tomar decisiones sabias y saludables.


También debemos cuidarnos de suponer cosas que no vemos ni sabemos. Si atribuimos una cierta motivación a la conducta de otras personas o suponemos que hemos entendido su punto de vista nos desvíamos en nuestra búsqueda de la verdad.


Razón o emoción. Las emociones solas no nos bastan para decidir cuán acertada es una idea. Aunque nos informen de la presencia de algún desequilibrio, debemos examinar nuestros pensamientos hasta llegar a la raíz para decidir hasta qué punto es precisa la conclusión. Una vez que lo hemos hecho, podremos filtrar esos pensamientos, y distinguir entre realidad y engaño, para realmente enfrentar la verdad.

Hay emociones como el temor, la vergüenza, las dudas y la ansiedad que nos pueden llevar a creencias irracionales en relación con nosotros mismos. Al comparar esas creencias con la Palabra de Dios, la verdad en nuestras circunstancias y en los comentarios de otros, propiciaremos un ángulo emocional más saludable desde donde enfocar la vida.


Positivo o negativo. Filipenses 4:8 le sirve de fundamento a una sencilla práctica destinada a cambiar la negatividad personal a una apreciación más positiva de la vida. Si sedicamos tiempo a pensar en la bondad de Dios—como la lista que podemos escribir al final del día de tres cosas por las cuales le estamos agradecidos—, fomentaremos una actitud de agradecimiento que debilitará esos pensamientos destructivos que nada aportan.


Por ser seguidores de Cristo, no debemos basar nuestra conducta en lo que sentimos, en nuestras circunstancias o en nuestra interacción con los demás. Nuestras emociones y nuestros deseos proceden de nuestro pensamiento, y es necesario que este proceso mental se renueve día tras día con la dirección y la poderosa ayuda del Espíritu Santo. Aunque esto sea una perogrullada, lo cierto es que si cambiamos nuestra manera de pensar, cambiaremos nuestra vida.

 

El aspecto relacional

Aunque Jesús ministró a las multitudes, y también a las personas de manera individual, buscó sus relaciones más cercanas dentro de un círculo de amigos. Sus momentos más íntimos, y algunos de sus conflictos más intensos, se produjeron dentro de ese círculo. Aunque los ministros destacamos con frecuencia la importancia de la comunidad, a veces somos los peores a la hora de ser consecuentes en este aspecto de la vida espiritual. 


La ordenanza de la Cena del Señor establece e ilustra la importancia de la relación con Dios y la relación entre los creyentes, al hacernos recordar el sacrificio de Cristo y al mismo tiempo mirar al futuro como miembros de su Iglesia. De la misma manera que reconocemos nuestra fe como comunidad de creyentes en la Cena del Señor, también cada uno de nosotros debe vivir su fe ante la comunidad.

Cuando Pablo le habló a los Gálatas (6:2) de «sobrellevar los unos la carga de los otros», se refería a situaciones que Dios nunca tuvo la intención de que una persona soportara sola. A veces, Dios permite que se desarrollen en nuestra vida ciertas circunstancias que no estamos preparados para enfrentar por nuestra propia cuenta y riesgo. En esos tiempos, los miembros de nuestra comunidad nos acompañan en nuestro camino, y nos ayudan a llevar la carga hasta que ya no sea necesario. 


Para un ministro, la comunidad puede ser algo delicado. Aunque la iglesia local ofrece una atmósfera de comunidad, los ministros también debemos crear relaciones de responsabilidad mutua y confianza fuera de la congregación. He aquí algunas preguntas que debemos consideerar al buscar comunidad:

  ¿Me proporciona esta comunidad una red de seguridad a mí y a mis seres amados, un lugar de amor donde podremos encontrar amparo en medio de las tormentas?

  ¿Me ofrece esta comunidad la oportunidad de rendir cuentas de mi vida?

  ¿Permito que los miembros de mi comunidad me hablen con sinceridad acerca de los aspectos más desafiantes de mi vida y mi ministerio, y permiten ellos que yo haga lo mismo?

  ¿Es la confidencialidad algo que mi comunidad respeta?


Además de contribuir a la longevidad, el hecho de encontrar una comunidad saludable y mantenernos como parte de ella podría ser un factor clave en nuestra renovación personal.

 

El aspecto físico

Si nuestro cuerpo es morada del Espíritu Santo, ¿acaso no deberíamos cuidarlo de una manera que glorifique a Dios y nos motive al crecimiento y la renovación personal? Los eruditos han calculado que durante su ministerio Jesús caminaba un promedio de treinta y cuarenta kilómetros cada día. Su capacidad para mantener este ritmo nos dice que Él cuidaba de su salud.


Una salud física es deficiente puede afectar la mente y el espíritu. El sueño, el ejercicio y la alimentación son los tres elementos básicos para la salud física.


La mayoría de los adultos necesitan entre siete y nueve horas de sueño. Los estudios señalan que la privación del sueño puede llevar a un mal rendimiento en las tareas mentales complejas. La falta de sueño también puede causar un aumento en el peso. Es importante que aprendamos a desconectarnos antes de ir a dormir. Leer un libro puede ayudar a calmar la mente y el cuerpo y preparlo para el sueño, a diferencia de la atención que prestamos a los medios sociales o la televisión. Los efectos que tienen sobre el sueño la dieta y el consumo de cafeína varían de una persona a otra, de manera que debemos conocer nuestro cuerpo y lo que nos ayuda a relajarnos y conciliar el sueño.


Lo siguiente es la dieta, la cual no afecta solamente el peso. Los alimentos que escogemos pueden afectar nuestro sueño, nuestro ánimo, el nivel de energía y la salud en general. Una dieta saludable también puede tener un efecto positivo en las disciplinas espirituales. Nos es más fácil centrarnos en la oración, el estudio de la Biblia y el ministerio cuando no nos sentimos débiles o enfermos. Es esencial que entendamos las pautas básicas de una buena dieta. Hay portales de la web y aplicaciones para teléfonos inteligentes como MyFitnessPal que pueden ser valiosas herramientas.


La actividad física también es importante. Hay quienes rechazan la idea de que se necesite ejercicio, citando a Pablo en 1 Timoteo 4:8: «El ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha».


Obviamente, la búsqueda de la justicia es la prioridad antes que la buena condición física. Sin embargo, esto no significa que Pablo y Timoteo llevaran una vida sedentaria. De hecho, la vida en el siglo primero exigía un nivel de ejercicio que no es esencial en los Estados Unidos del siglo veintiuno. Es lamentable que hoy en día haya tantas personas que no incluyan el ejercicio físico intencionado como una de las ocupaciones importantes de la vida.


Como sucede con las costumbres en cuanto al sueño y la dieta, no hay un plan para el bienestar físico que se pueda aplicar a todas las personas. En cuanto a aquellos que han sido bendecidos con una buena condición física para el ejercicio básico, Brandon Newman, misionero de las Asambleas de Dios y consultor de bienestar personal, recomienda incorporar a las actividades diarias por lo menos ciento cincuenta minutos de ejercicio aeróbico moderado (caminata a paso rápido) o setenta y cinco minutos de ejercicio intenso (correr) cada semana.


«Este hábito ayudará a controlar el apetito, a mejorar el ánimo y a desarrollar mejores hábitos para dormir, además de reducir los riesgos de enfermedades del corazón, apoplejías, diabetes, deterioro de las facultades mentales, depresión y muchas formas de cáncer», afirma Newman.

 

Conclusión

Aunque con frecuencia pensamos en la renovación personal en función de momentos dramáticos que nos acercan más a la Cruz, generalmente son las disciplinas diarias, tanto espirituales como mentales, relacionales y físicas, las que allanan el camino para una salud renovada. Independientemente de lo que nos depare este año, si hacemos un inventario de estos aspectos de nuestra vida, fijamos nuestras metas en oración y deliberadamente decidimos que nos mantendremos fieles a ellos, notaremos un marcado cambio en nuestra salud en general, al mismo tiempo que nos preparará para experimentar la renovación que tanto anhelamos.


Butch y Pam Frey
han sido misioneros de las Asambleas de Dios durante más de treinta años, veinte de los cuales estuvieron dedicados a ministrar en México. Butch sirve en la actualidad como coordinador de la atención a los miembros de las Misiones Mundiales de las AD, y Pam sirve como consultora de la atención a los misioneros. La labor de ambos conlleva la intervención en las crisis, la adaptación a las transiciones y muchas otras facetas de la vida de los misioneros.



Este artículo apareció por primera vez en la revista Influence Magazine edición January/February 2018. Usado con permiso.


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La Reforma Protestante: Por qué es aún importante para los pentecostales

Wed, 25 Oct 2017 - 9:32 AM CST












Era el día 31 de octubre de 1517. Un desconocido monje y profesor universitario se acercó a la puerta de la Iglesia del Castillo en el pequeño poblado de Wittenberg, Alemania. ¿Su propósito? Publicar unas provocativas tesis para abrirlas al debate; noventa y cinco para ser exactos.

Esto es lo que hacían los eruditos en aquellos días. Publicaban sus tesis para provocar a un debate. Y la puerta de una iglesia no era un lugar poco usual para publicarlas. Por tanto, la ocasión en que se publicaron esas tesis posiblemente no atrajo atención alguna. Es posible que la mayoría de los que presenciaron no pensaron dos veces en ello. Lutero difícilmente supo que aquella acción aparentemente rutinaria finalmente provocaría un trascendental cambio en el curso de la historia de la Iglesia.

La invención de la imprenta setenta y siete años antes permitió que algunas personas reprodujeran y diseminaran las Tesis de Lutero. Sus palabras captaron la atención de muchos, entre ellos las autoridades de la Iglesia, que se unieron para oponerse públicamente a él.

Lutero diría mucho más tarde en su vida: «Nunca pensé que tal tormenta se produciría en Roma a causa de un simple pedazo de papel».

¡Pero qué pedazo de papel fue ese! La principal meta de Lutero en las 95 Tesis fue reformar la venta de indulgencias y corregir los suposiciones teológicas que acompañaban la manera en que la Iglesia practicaba aquella venta en ese tiempo. Las indulgencias eran parte de la doctrina más amplia sobre la penitencia. La Iglesia en tiempos de Lutero había comenzado a cambiar gradualmente el énfasis de su mensaje, dando menos importancia a lo que Dios hizo para salvar a la humanidad por medio de Cristo, y enfatizando el esfuerzo que nosotros debemos hacer para convertirnos y para alcanzar la piedad y escapar del fuego del juicio. Con este cambio, la Iglesia elevó la importancia de la penitencia.

La penitencia consistía en la contrición del corazón, la confesión y un acto penitencial. Dentro de esta tercera categoría (los actos penitenciales), la Iglesia permitía a las autoridades eclesiásticas que concedieran una “indulgencia” a los pecadores penitentes, lo cual comprendía la disminución del castigo temporal que la Iglesia imponía por el pecado. La intención no era justificar a nadie ante Dios ni asegurarle la salvación eterna. Los funcionarios de la Iglesia podían otorgar una indulgencia como respuesta a diversas acciones que consideraban dignas de reconocimiento.

Sin embargo, cuando la Iglesia comenzó a ofrecer indulgencias a la venta, algunos hacían afirmaciones exageradas acerca de su efecto en cuanto a librar a las personas o a sus seres amados del purgatorio. Lutero observó que muchos de los que tenían menos educación creían que las indulgencias podrían realmente asegurar la salvación. Su venta desviaba la atención de la necesidad de un arrepentimiento sincero y de la fe para salvación. Llevaba a la gente a pensar que la salvación estaba a la venta y que la base para sus magnánimas bendiciones estaba en los méritos de los santos. Esta clase de ideas habría podido sofocar el Evangelio mismo. Codiciosos de ganancias monetarias, los que vendían las indulgencias empleaban a veces más tiempo haciendo esto, que predicando el Evangelio.

Las respuestas de Lutero en sus tesis dieron en el blanco. Una tesis tras otra, enfocaba la atención de la Iglesia, de la tradición a la autoridad de la Palabra de Dios, de la compra de indulgencias al arrepentimiento verdadero, y de los méritos humanos a la abundante suficiencia de la gracia de Dios para la salvación. La más sorprendente en cuanto a esto fue la tesis No. 62: “El verdadero tesoro de la iglesia es el sacrosanto evangelio de la gloria y de la gracia de Dios”.

Aunque las Tesis de Lutero eran provocativas e incluso atrevidas para su tiempo, sus pensamientos estaban presentes en ellas solo como una semilla. En 1520, Lutero publicó unos cuantos ensayos que le permitieron llevar a su expresión plena sus ideas clave. Los problemas que expuso en esos escritos iban más allá de las indulgencias. Su propósito fue aclarar cuáles eran los verdaderos fundamentos de la fe de la Iglesia. ¿Cuáles eran sus ideas centrales?

Solus Christus

En primer lugar, Lutero proclamó la idea bíblica de que solo Cristo (latín: solus Christus) obtuvo nuestra salvación. En sus Comentarios sobre Gálatas, hizo esta observación: “No hay nada bajo el sol que cuente como justicia, sino solo Cristo”.

Toda la justicia que hayamos generado nosotros mismos está desprovista de gloria divina, porque nosotros somos pecadores (Romanos 3:23). En sus Tres tratados, Lutero escribiría acerca de nuestro reconocimiento de que somos pecadores: “Cuando hayas aprendido esto, sabrás que necesitas a Cristo, quien sufrió y resucitó por ti, a fin de que, si tú crees en Él, puedas por medio de esta fe convertirte en un nuevo hombre puesto que tus pecados habrán sido perdonados y estarás justificado por los méritos de otro; esto es, de Cristo únicamente”.

En Cristo, el Hijo de Dios se hizo humano a fin de que, por medio de su vida, su muerte y su resurrección, la humanidad alcanzara la reconciliación con Dios. Por esta razón, Lutero insistía de manera inflexible en que solo Cristo es el mediador de la salvación para la humanidad (1 Timoteo 2:5).

Al decir “solo Cristo”, Lutero señalaba hacia la única fuente de salvación: Dios entregándose por nosotros en Cristo. Puesto que la salvación solo nos viene en la entrega que hace Dios de sí mismo por nosotros, solo el Hijo divino de Dios, a través del Espíritu, puede mediar en la salvación. Al decir esto, Lutero estaba apuntando sus cañones contra la idea de que tanto Cristo como la Iglesia son mediadores en la salvación. No; solo Cristo es el mediador de la gracia, el fundamento de la vida cristiana (1 Corintios 3:11).

Ciertamente, la Iglesia cumple una función instrumental, al facilitar nuestro encuentro con Cristo en el poder del Espíritu. Pero Lutero señaló inmediatamente que la proclamación de la Palabra de Dios por acción de la Iglesia, y su observancia del Bautismo y de la Cena del Señor son esencialmente actos de Cristo en su propia entrega por nosotros como el único mediador entre Dios y la humanidad. En última instancia, esas cosas no están en nuestras manos, sino en las manos de Cristo.

Por ejemplo, Lutero señala en sus Tres tratados que los sacerdotes no son los “señores” del Bautismo ni de la Cena del Señor, sino simples siervos cuyo deber es administrar estas ordenanzas tal como las quiere Cristo, y como servicio dirigido a Él. Esto es lo que escribió Lutero acerca de la Iglesia: “La iglesia no tiene poder para hacer nuevas promesas divinas de gracia… puesto que la iglesia está bajo la guía del Espíritu Santo. Porque la iglesia nació por la palabra de promesa a través de la fe, y por esta misma palabra se alimenta y se conserva”.

Sola Gratia

A partir de esta idea principal de solo Cristo, Lutero procedió e hizo notar que la salvación es solo por gracia (latín: sola gratia). Le desconcertaba que hubiera quienes rechazaran como herejía la idea de que en todo lo que hacemos, “solo la pura gracia es lo que únicamente cuenta delante Dios” (de Luther’s Spirituality). ¿De qué otra manera podrían ser las cosas? Todo lo que nosotros tenemos procede de la bondad y la misericordia de Dios (Santiago 1:17). Bajo el estandarte de “solo la gracia”, la salvación a través de “solo Cristo” existe dentro de un marco mayor, esto es, un Dios misericordioso que ama a la humanidad y obra para salvarnos por ninguna otra razón más que su amor o su favor que no merecemos.

Lutero conocía muy bien la imagen del Dios airado que se destacaba a veces en la cultura popular de sus tiempos. Él mismo había luchado con esta imagen unilateral de Dios. Cuanto más trataba agradar a este Dios a través de sus logros personales, tanto más sentía el peso de la ira divina, y tanto más incierta parecía su posición respecto a Dios.

En sus Comentarios sobre Gálatas, Lutero escribió acerca de sus años jóvenes como monje: “Cuando yo era monje, hacía grandes sacrificios para vivir conforme a las exigencias de la regla monástica. Cultivé la práctica de confesar y recitar todos mis pecados, pero siempre con una contrición previa; me confesaba con frecuencia, y cumplía fielmente las penitencias que se me asignaban. Sin embargo, en mi conciencia nunca hubo certeza, siempre hubo dudas”.

En medio de aquel torbellino, Lutero descubrió que solo la gracia de Dios es el fundamento de la salvación. Su reacción fue exuberante. Pudo ver que toda cosa buena era un don de Dios. Pudo leer toda la Biblia bajo una luz completamente nueva. Escribió: “Sentí que había nacido absolutamente de nuevo y había entrado al paraíso mismo atravesando unas puertas abiertas. Allí pude ver un rostro completamente diferente de todas las Escrituras” (de Luther’s Works, Vol. 31).

Lutero nunca dudó de la realidad de la ira divina hacia quienes se oponen continuamente a la gracia de Dios. Sin embargo, encontró en las buenas nuevas del Evangelio a un Dios cuya esencia es el amor (1 Juan 4:9), que quiere salvar, y no condenar (2 Pedro 3:9). En el pensamiento de Lutero, la Cruz se convirtió en el lugar donde Dios reveló más profundamente su corazón. En el rostro de Jesucristo, halló reflejada la imagen de un Padre amoroso, que llega a nosotros a través de Cristo, un ofrecimiento de nueva vida en el Espíritu que quiere levantar a la humanidad hasta el abrazo divino. El principio de la “sola gracia” significa que la humanidad no tiene posibilidad alguna de salvarse a sí misma. No hay posibilidad de un encuentro con Dios en la mitad del camino, ni hacer nada que nos convierta en merecedores de la salvación. Todos y cada uno de los pasos que damos hacia Dios son posibles solo por la gracia de Dios, manifestada en Cristo y otorgada por el Espíritu Santo. Por tanto, la salvación no se produce por la gracia y las obras, sino simplemente por gracia. Efesios 2:8–9 se expresa con gran claridad a este respecto: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”.

Esto no significa que las obras no tengan importancia para el florecimiento de la vida cristiana. Las obras son ciertamente vitales como meta o propósito de la gracia que nos fue otorgada. En los Tres tratados, Lutero escribió lleno de emoción, que, así como el Padre celestial ha venido gratuitamente a ayudarnos en Cristo, “nosotros también debemos ayudar gratuitamente a nuestro prójimo con nuestro cuerpo y las obras que hace, y cada uno debe convertirse en una especie de Cristo para otros, a fin de que seamos Cristos los unos para con los otros, y Cristo pueda ser el mismo en todos, esto es, que seamos verdaderamente cristianos.”

Dios nos salva para que nuestra vida dé fruto y nos convirtamos en fuente de bendición para los demás: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10). Nosotros hacemos buenas obras, pero solo porque somos hechura de Dios. Aunque las buenas obras forman una parte vital de la vida cristiana, nosotros recibimos la salvación únicamente por gracia.

Sola Fide

Lutero pasó de este punto a insistir que la salvación nos viene únicamente por la fe (latín: sola fide). Al decir “fe solamente”, estaba pensando en la fórmula más larga, que dice “por gracia, solo por medio de la fe”. “Solo la gracia” es el fundamento de “solo la fe”. Este fundamento de la gracia es necesario para evitar que la fe humana se convierta en un nuevo medio de alcanzar la salvación por medio del esfuerzo del hombre. La Palabra de Dios hace fluir y sustenta la fe en nuestro corazón (Romanos 10:17). Dios acepta nuestra fe como el medio en que recibimos a Cristo únicamente por gracia. Aunque la fe vacile, la base más profunda de la salvación está solamente en la gracia de Dios. De hecho, la fe por naturaleza no confía en nuestros logros cuando se trata de la salvación, sino únicamente en lo que Dios ha hecho para salvarnos.

De ese modo, como sucede con la gracia, recibimos la salvación por medio de la fe, y no de las obras. A Lutero le agradaba destacar la enseñanza bíblica según la cual es la fe y no las obras la que justifica a los creyentes (los sitúa en una relación recta con Dios). “Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:5). Aunque las obras son vitales para la fe como realidad viva (Santiago 2:26), la fe que nos salva solo confía solamente en Dios para nuestra salvación.

De hecho, tal como afirma Santiago: “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación. Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas” (Santiago 1:17–18). De esta manera, Santiago está plenamente consciente de que la salvación solo la tenemos por la gracia de Dios. Cuando él habla de convertirnos en justos por medio de la fe y las obras (Santiago 2:21–24), habla de las obras de la fe, y no de las obras que según la presuntuosidad de algunos podrían asegurar la salvación. Habla de la fe en acción. La justicia o justificación de la cual habla en este contexto no es así la aceptación por parte de Dios, sino la reivindicación de la fe como auténtica, como una realidad vivida, porque la fe sin obras es muerta (Santiago 2:26).

Sola Scriptura

Lutero enfrentó oposición por parte de las autoridades de la Iglesia por su mensaje de “solo Cristo, sola la gracia, solo la fe”. Era mucho lo que estaba en juego para esas autoridades. La Iglesia usaba su papel imaginario de mediadora de la salvación con el fin de fortalecer su poder en el mundo. Es fácil ver cómo estas autoridades eclesiásticas se sintieron amenazadas por el hecho de que Lutero estaba quitando el poder para salvar de la mano de las autoridades de la Iglesia para ponerlo únicamente en las manos de Cristo, por gracia y solo por medio de la fe.

Para justificar su resistencia ante esas autoridades, Lutero incluyó en su mensaje la idea de que la norma suprema de la verdad en las iglesias no reside en los obispos ni en la tradición, sino solamente en las Escrituras (latín: sola scriptura). Cuando se le ordenó que se retractara de sus escritos en su juicio de 1521, Lutero rehusó hacerlo, añadiendo unas palabras que son célebres: “Estoy atado a las Escrituras que he citado y mi conciencia está cautiva a la Palabra de Dios”.

Esto no quiere decir que los líderes de las iglesias o la tradición no puedan iluminar las Escrituras para nosotros. Sin embargo, para Lutero las Escrituras fundamentalmente se interpretan a sí mismas. Uno interpreta las Escrituras por medio de la norma del propio Evangelio que todo lo abarca en las Escrituras: el Evangelio de Cristo. La tradición posterior solo tiene valor para ayudarnos a comprender ese Evangelio, y es importante medir toda esa tradición a la luz de esa norma. Aunque ha habido una tradición fiel a lo largo de los siglos que ha sido vital para el testimonio de la Iglesia, solo las Escrituras es la autoridad máxima en las iglesias, la medida suprema de nuestra fe y nuestra práctica (2 Timoteo 3:15–16). Aunque el Espíritu nos puede hablar a través de mensajes proféticos y de otros dones espirituales, solo las Escrituras es la voz privilegiada del Espíritu en las iglesias. Tenemos el deber de poner a prueba o evaluar las tradiciones o las profecías para ver si son verdaderas. Pero las Escrituras es siempre cierta; es la norma a partir de la cual probamos todo lo demás.

La importancia de la Reforma hoy

Este no es un intento de glorificar a Lutero, puesto que él tenía pies de barro, como todo siervo de Dios. Tampoco tenemos la intención de darle un valor excesivo a su influencia en nuestra reflexión sobre la importancia de la Reforma para nuestros tiempos. La acción de Lutero de presentar públicamente sus 95 Tesis quinientos años atrás es simplemente simbólica del impulso reformador que ha caracterizado a la Iglesia desde su nacimiento. Y, obviamente, la Reforma fue más amplia y más diversa que el Movimiento Luterano. Los líderes reformados, anabaptistas y anglicanos contribuyeron también al comienzo del Movimiento Protestante.

Con todo, el aporte de Lutero sigue teniendo importancia para toda evaluación de la importancia que tiene el Movimiento Protestante hoy en la vida de las iglesias. ¿Cuál es esta importancia? ¿Por qué debemos celebrar que Lutero publicara sus 95 Tesis hace quinientos años?

Al referirnos a la importancia de la Reforma para nuestras iglesias, es importante que reconozcamos que nuestro contexto fue diferente al de Lutero. Los reformadores querían descubrir el fundamento objetivo y cierto de la fe en medio de las incertidumbres de la piedad cristiana. En cambio, los pentecostales buscaban promover la experiencia de la gracia como una sencilla posición confesional, en medio de una comprensión extremadamente intelectual de la fe. Por ejemplo, Aimee Semple McPherson escribió que no debemos limitarnos a confesar o profesar al Dios del Pentecostés, sino que también debemos poseer su naturaleza y su presencia en lo más profundo de nuestra alma.

No obstante, no debemos exagerar esa diferencia. Los Reformadores también consideraron la fe como una participación viva en Cristo, y los pentecostales insistieron en una nueva valoración del Evangelio de Cristo en toda su plenitud. Por esa razón, no es de sorprendernos el que los pentecostales siempre hayan considerado la Reforma como un valioso movimiento de renovación conectado con los avivamientos en generaciones posteriores. Por ejemplo, McPherson escribió que la restauración constante de la vida espiritual en la Iglesia comprendía el mensaje de Martín Lutero. Cuando Lutero captó la poderosa victoria de la salvación por medio de Cristo, fue como si “una gran luz descendiera del cielo”. Por medio de su mensaje, “la vida comenzó a fluir de nuevo por el tronco y las ramas del árbol”. Después continúa, expresando gratitud a William Booth, del Ejército de Salvación, a John Wesley, por el énfasis que ambos hicieron en la consagración y la santidad. Por último, la experiencia del bautismo en el Espíritu, especialmente con las señales de dones como el de hablar en lenguas, causó que floreciera la restauración espiritual de la iglesia.

Por consiguiente, es importante que exploremos la importancia que tiene la Reforma para las iglesias de hoy. Hay varios puntos que vale la pena destacar. En primer lugar, nuestro esfuerzo por poner en alto la abundancia de la vida en el Espíritu a veces ha descuidado la importancia de que solo Cristo es la norma de la experiencia espiritual. En vez de interpretar la plenitud del Espíritu de acuerdo al ejemplo del Cristo crucificado, como la plenitud del amor que está dispuesto al sacrificio, en ocasiones hemos considerado las normas culturales sobre la prosperidad y la abundancia material para describir el florecimiento de la vida en el Espíritu. Es aquí donde nuestra herencia de la Reforma nos puede ayudar, porque señala todo el valor de una vida cuyo único fundamento es Cristo. En vez de conformarnos a este mundo, debemos ser transformados por la renovación de nuestra mente para hacernos semejantes a Cristo (Romanos 12:2).

En segundo lugar, insistimos con frecuencia en la necesidad de creer con mayor fuerza y de llevar una vida piadosa. Este énfasis es correcto. Pero también es necesario que reconozcamos que nuestra aceptación por parte de Dios no se basa en la calidad de nuestro progreso espiritual. Se basa en lo que Cristo ha hecho por nosotros

Más aún, aunque tenemos la responsabilidad de buscar fervorosamente a Dios, nuestro progreso espiritual no se encuentra primordialmente en nuestras manos. Dios es quien nos capacita. La fe siempre es débil hasta cierto punto, y depende por completo de que la gracia de Dios la sostenga. El estandarte de la Reforma sobre “la gracia únicamente” nos puede recordar estas verdades.

Por último, el poder permanente que tiene la Reforma Protestante se halla en su llamado a todas las iglesias a que regresen a las Escrituras una y otra vez con el fin de oír nuevamente su Evangelio. Los pentecostales siempre hemos buscado el avivamiento al insistir en que las iglesias regresen al texto bíblico con oídos nuevos para escuchar una vez más el relato bíblico. Al hacer esto, hemos revelado nuestra dependencia de nuestra herencia protestante.

La Reforma defendió el principio de una Iglesia sometida a una reforma constante (latín: semper reformanda). Nuestro término favorito es el avivamiento. Pero ambos términos señalan esencialmente la misma práctica de abrir las Escrituras una y otra vez para pedir a Cristo que nos hable nuevamente, con el fin de que podamos arrepentirnos, creer y obedecer con una consagración renovada y un poder bien dispuesto.

En la vida de las iglesias hay momentos en los cuales es urgente que escuchemos la voz de Cristo a través de este texto sagrado en el poder del Espíritu. Esta necesidad podría surgir como consecuencia del error doctrinal o de las prácticas infieles en las iglesias. También podría derivar de descuidos espirituales o morales. El Movimiento Pentecostal quiso escuchar el Evangelio con un poder nuevo a comienzos del siglo veinte. La Reforma todavía es importante, debido a que la continua trascendencia de nuestro movimiento dependerá de que nosotros no dejemos de escucharlo.

Frank D. Macchia, D. Theology, D.D., es profesor de teología en la Universidad Vanguard, Costa Mesa, California.



Este artículo apareció por primera vez en la revista Influence Magazine edición October/November/December 2017. Usado con permiso.


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Authors: Frank D. Macchia