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¡Él está loco!
Eso fue lo que Nancy Forrases, de 72 años de edad, pensó cuando vio a su marido Pete, de 77 años, diagnosticado con cáncer de páncreas, que cruzaba corriendo hacia ella en el estacionamiento del almacén de abarrotes.

«Pensé que seguramente él vendría hasta donde yo estaba y colapsaría», cuenta Nancy, pero no fue así, ya que por alguna razón desconocida para ella o para Pete en ese momento, Dios lo había sanado a él muy temprano aquella mañana.

Los Forrases han asistido a Tullahoma First Assembly of God [Primera Asamblea de Dios en Tullahoma], en el estado de Tennesse, durante los últimos trece años, y antes habían sido miembros de una iglesia de las Asambleas de Dios en Renton, Washington, por muchos años.

Siempre activo y en movimiento, Pete posee una «dinámica» personalidad. Pero a principios de 2017, comenzó a luchar. La fatiga y el dolor se convirtieron en compañeros constantes.

«Él ya no tenía energía en lo absoluto. Aun cuando no hiciera nada, estaba totalmente agotado. Viajábamos regularmente a Washington para ver a nuestros hijos, pero ni siquiera podíamos hacer eso», cuenta Nancy y agrega con una pequeña sonrisa: «Sé que él está realmente enfermo cuando me pregunta si puedo conducir, pues sabe que no me gusta hacerlo».

Cuando tuvo problemas para orinar, Pete finalmente decidió ir al doctor, quien le realizó un examen de próstata. Este examen reveló que las arterias hacia los riñones estaban encogidas u obstruidas. Esto también reveló algo mucho más serio: tres tumores en el páncreas, cuyo tamaño oscilaba entre los 8 y 14 milímetros. Una biopsia confirmó que tenía cáncer de páncreas.

El cáncer de páncreas es un asesino que no tiene favoritismos: la radiación y la quimioterapia son ineficaces y ninguna cantidad de dinero o conocimiento médico actual ofrecen una «cura mágica». Personas con fama y fortuna han sucumbido ante este mal, entre estas el cofundador de Apple, Steve Jobs, el actor Patrick Swayze, el actor Alan Rickman, la estrella de opera Luciano Pavarotti, el músico Henry Mancini, y un sinnúmero más. «Es lo peor que te podría suceder», dice Pete, «cuando te diagnostican con esto, no hay duda de que significa que estás acabado».

Para algunos, la cirugía sería el mejor intento para alargar la vida; pero no para Pete, pues debido también a una afección cardiaca, esta opción no era viable. Los médicos le dijeron que no podría sobrevivir a una operación de entre ocho y diez horas.

Los Forrases se volcaron hacia la oración. Nancy corrió la voz a través de las redes sociales, y ambos contactaron a amigos en Tullahoma, Renton, y a todo lo largo y ancho del país para hacer oración.

«Le dijimos a todos aquellos que conocíamos y a todas las iglesias a las que habíamos asistido: mucha gente estaba orando. En la Asamblea de Dios de Tullahoma, las personas oraron hasta dolerse. . . cuando la gente ora así, el Señor escucha», expresa Pete.

A pesar de las oraciones, la salud de Pete continuó empeorando. «Me sentía tan mal que ya no podía seguir orando. Todo lo que podía decir era: “Te alabo Señor, bendíceme Señor”», reconoce Pete. Aun así, Dios confirmó su presencia. «Todo el tiempo escuchaba canciones cristianas en mi cabeza. Fueron tan claras que pensé que la radio estaba encendida en la habitación contigua, pero no era así. Creo que fue el Señor quien me hizo saber que estaba conmigo».

«A Pete le encanta viajar, pero cuando enfermó, dejó de hacerlo y también dejó de ir a la iglesia con frecuencia», dice Ron Forrester, quien ha sido pastor de Tullahoma First Assembly of God [Primera Asamblea de Dios en Tullahoma] durante 18 años. «Se estaban preparando para el momento de su muerte, familiares y amigos estaban de visita y hacían un inventario de las cosas de su casa».

Pero Dios no estaba listo para el «inventario». Hacia finales de octubre, Pete tuvo que ser trasladado a emergencias médicas con otro problema y donde le fueron tomados unos rayos X.

Posterior a las pruebas, Nancy tuvo que detenerse en la tienda de abarrotes. Dejó a Pete en el coche, sabiendo que estaba demasiado débil para caminar.

«Mientras ella caminaba por el estacionamiento, de repente yo tuve este pensamiento: Dios mío, yo no quiero quedarme sentado aquí», recuerda Pete. «Así que salí del auto y corrí por el estacionamiento para alcanzar a mi esposa, y después anduve por toda la tienda con ella, ¡me sentía como niño con zapatos nuevos!».

Cuando Nancy le preguntó acerca de ese momento, Pete respondió: «¡No puedo creerlo, pero me siento bien!».

Comenzó a recuperar la energía y ese dinamismo en su manera de caminar.

Una semana después, recibieron los resultados de las pruebas clínicas. Los tumores aparentemente habían desaparecido.

En un principio, Nancy estaba dudosa en creer que Pete estuviera sano, porque ella antes había orado por otras personas con cáncer pero no habían sanado en esta tierra. «Me pareció demasiado bueno e increíble», pensó.

A todo esto, siguió un viaje al oncólogo, que incluyó una radiografía mejorada. Las pruebas confirmaron el hallazgo inicial: ¡no había tumores, no había cáncer de páncreas, y las arterias estaban funcionando a la perfección!

Poco después, Pete fue a ver a su doctor. Él había recibido todos los estudios, pruebas y exámenes. «Me miró y dijo: “Pete, no hicimos nada por ti, el Señor te sanó”».

Forrester hizo eco de lo que el doctor había dicho: «Esto es un completo milagro», dijo, «esto debe ser cosa de Dios porque no hay razón médica para qué él esté bien».

Desde aquel momento, Pete ha hablado a toda persona que quiera escuchar, y aun a quienes no, acerca de cómo Dios lo sanó. «El médico que me hizo la prueba en el estómago para diagnosticar el cáncer, casi reconoció que hubo un milagro, pero solo dijo: “A veces suceden cosas como éstas”. Entonces, lo miré y le dije: “Tú sabes que esto no es así”. Solo me miró y sonrió».

Pete dice que su testimonio se ha difundido a través de las redes sociales, y cree que, por lo menos, está poniendo una semilla de fe en la vida de las personas, al establecer que: «¡Nadie puede negar lo que Dios ha hecho en mi vida!».



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La Reforma Protestante: Por qué es aún importante para los pentecostales

Wed, 25 Oct 2017 - 9:32 AM CST












Era el día 31 de octubre de 1517. Un desconocido monje y profesor universitario se acercó a la puerta de la Iglesia del Castillo en el pequeño poblado de Wittenberg, Alemania. ¿Su propósito? Publicar unas provocativas tesis para abrirlas al debate; noventa y cinco para ser exactos.

Esto es lo que hacían los eruditos en aquellos días. Publicaban sus tesis para provocar a un debate. Y la puerta de una iglesia no era un lugar poco usual para publicarlas. Por tanto, la ocasión en que se publicaron esas tesis posiblemente no atrajo atención alguna. Es posible que la mayoría de los que presenciaron no pensaron dos veces en ello. Lutero difícilmente supo que aquella acción aparentemente rutinaria finalmente provocaría un trascendental cambio en el curso de la historia de la Iglesia.

La invención de la imprenta setenta y siete años antes permitió que algunas personas reprodujeran y diseminaran las Tesis de Lutero. Sus palabras captaron la atención de muchos, entre ellos las autoridades de la Iglesia, que se unieron para oponerse públicamente a él.

Lutero diría mucho más tarde en su vida: «Nunca pensé que tal tormenta se produciría en Roma a causa de un simple pedazo de papel».

¡Pero qué pedazo de papel fue ese! La principal meta de Lutero en las 95 Tesis fue reformar la venta de indulgencias y corregir los suposiciones teológicas que acompañaban la manera en que la Iglesia practicaba aquella venta en ese tiempo. Las indulgencias eran parte de la doctrina más amplia sobre la penitencia. La Iglesia en tiempos de Lutero había comenzado a cambiar gradualmente el énfasis de su mensaje, dando menos importancia a lo que Dios hizo para salvar a la humanidad por medio de Cristo, y enfatizando el esfuerzo que nosotros debemos hacer para convertirnos y para alcanzar la piedad y escapar del fuego del juicio. Con este cambio, la Iglesia elevó la importancia de la penitencia.

La penitencia consistía en la contrición del corazón, la confesión y un acto penitencial. Dentro de esta tercera categoría (los actos penitenciales), la Iglesia permitía a las autoridades eclesiásticas que concedieran una “indulgencia” a los pecadores penitentes, lo cual comprendía la disminución del castigo temporal que la Iglesia imponía por el pecado. La intención no era justificar a nadie ante Dios ni asegurarle la salvación eterna. Los funcionarios de la Iglesia podían otorgar una indulgencia como respuesta a diversas acciones que consideraban dignas de reconocimiento.

Sin embargo, cuando la Iglesia comenzó a ofrecer indulgencias a la venta, algunos hacían afirmaciones exageradas acerca de su efecto en cuanto a librar a las personas o a sus seres amados del purgatorio. Lutero observó que muchos de los que tenían menos educación creían que las indulgencias podrían realmente asegurar la salvación. Su venta desviaba la atención de la necesidad de un arrepentimiento sincero y de la fe para salvación. Llevaba a la gente a pensar que la salvación estaba a la venta y que la base para sus magnánimas bendiciones estaba en los méritos de los santos. Esta clase de ideas habría podido sofocar el Evangelio mismo. Codiciosos de ganancias monetarias, los que vendían las indulgencias empleaban a veces más tiempo haciendo esto, que predicando el Evangelio.

Las respuestas de Lutero en sus tesis dieron en el blanco. Una tesis tras otra, enfocaba la atención de la Iglesia, de la tradición a la autoridad de la Palabra de Dios, de la compra de indulgencias al arrepentimiento verdadero, y de los méritos humanos a la abundante suficiencia de la gracia de Dios para la salvación. La más sorprendente en cuanto a esto fue la tesis No. 62: “El verdadero tesoro de la iglesia es el sacrosanto evangelio de la gloria y de la gracia de Dios”.

Aunque las Tesis de Lutero eran provocativas e incluso atrevidas para su tiempo, sus pensamientos estaban presentes en ellas solo como una semilla. En 1520, Lutero publicó unos cuantos ensayos que le permitieron llevar a su expresión plena sus ideas clave. Los problemas que expuso en esos escritos iban más allá de las indulgencias. Su propósito fue aclarar cuáles eran los verdaderos fundamentos de la fe de la Iglesia. ¿Cuáles eran sus ideas centrales?

Solus Christus

En primer lugar, Lutero proclamó la idea bíblica de que solo Cristo (latín: solus Christus) obtuvo nuestra salvación. En sus Comentarios sobre Gálatas, hizo esta observación: “No hay nada bajo el sol que cuente como justicia, sino solo Cristo”.

Toda la justicia que hayamos generado nosotros mismos está desprovista de gloria divina, porque nosotros somos pecadores (Romanos 3:23). En sus Tres tratados, Lutero escribiría acerca de nuestro reconocimiento de que somos pecadores: “Cuando hayas aprendido esto, sabrás que necesitas a Cristo, quien sufrió y resucitó por ti, a fin de que, si tú crees en Él, puedas por medio de esta fe convertirte en un nuevo hombre puesto que tus pecados habrán sido perdonados y estarás justificado por los méritos de otro; esto es, de Cristo únicamente”.

En Cristo, el Hijo de Dios se hizo humano a fin de que, por medio de su vida, su muerte y su resurrección, la humanidad alcanzara la reconciliación con Dios. Por esta razón, Lutero insistía de manera inflexible en que solo Cristo es el mediador de la salvación para la humanidad (1 Timoteo 2:5).

Al decir “solo Cristo”, Lutero señalaba hacia la única fuente de salvación: Dios entregándose por nosotros en Cristo. Puesto que la salvación solo nos viene en la entrega que hace Dios de sí mismo por nosotros, solo el Hijo divino de Dios, a través del Espíritu, puede mediar en la salvación. Al decir esto, Lutero estaba apuntando sus cañones contra la idea de que tanto Cristo como la Iglesia son mediadores en la salvación. No; solo Cristo es el mediador de la gracia, el fundamento de la vida cristiana (1 Corintios 3:11).

Ciertamente, la Iglesia cumple una función instrumental, al facilitar nuestro encuentro con Cristo en el poder del Espíritu. Pero Lutero señaló inmediatamente que la proclamación de la Palabra de Dios por acción de la Iglesia, y su observancia del Bautismo y de la Cena del Señor son esencialmente actos de Cristo en su propia entrega por nosotros como el único mediador entre Dios y la humanidad. En última instancia, esas cosas no están en nuestras manos, sino en las manos de Cristo.

Por ejemplo, Lutero señala en sus Tres tratados que los sacerdotes no son los “señores” del Bautismo ni de la Cena del Señor, sino simples siervos cuyo deber es administrar estas ordenanzas tal como las quiere Cristo, y como servicio dirigido a Él. Esto es lo que escribió Lutero acerca de la Iglesia: “La iglesia no tiene poder para hacer nuevas promesas divinas de gracia… puesto que la iglesia está bajo la guía del Espíritu Santo. Porque la iglesia nació por la palabra de promesa a través de la fe, y por esta misma palabra se alimenta y se conserva”.

Sola Gratia

A partir de esta idea principal de solo Cristo, Lutero procedió e hizo notar que la salvación es solo por gracia (latín: sola gratia). Le desconcertaba que hubiera quienes rechazaran como herejía la idea de que en todo lo que hacemos, “solo la pura gracia es lo que únicamente cuenta delante Dios” (de Luther’s Spirituality). ¿De qué otra manera podrían ser las cosas? Todo lo que nosotros tenemos procede de la bondad y la misericordia de Dios (Santiago 1:17). Bajo el estandarte de “solo la gracia”, la salvación a través de “solo Cristo” existe dentro de un marco mayor, esto es, un Dios misericordioso que ama a la humanidad y obra para salvarnos por ninguna otra razón más que su amor o su favor que no merecemos.

Lutero conocía muy bien la imagen del Dios airado que se destacaba a veces en la cultura popular de sus tiempos. Él mismo había luchado con esta imagen unilateral de Dios. Cuanto más trataba agradar a este Dios a través de sus logros personales, tanto más sentía el peso de la ira divina, y tanto más incierta parecía su posición respecto a Dios.

En sus Comentarios sobre Gálatas, Lutero escribió acerca de sus años jóvenes como monje: “Cuando yo era monje, hacía grandes sacrificios para vivir conforme a las exigencias de la regla monástica. Cultivé la práctica de confesar y recitar todos mis pecados, pero siempre con una contrición previa; me confesaba con frecuencia, y cumplía fielmente las penitencias que se me asignaban. Sin embargo, en mi conciencia nunca hubo certeza, siempre hubo dudas”.

En medio de aquel torbellino, Lutero descubrió que solo la gracia de Dios es el fundamento de la salvación. Su reacción fue exuberante. Pudo ver que toda cosa buena era un don de Dios. Pudo leer toda la Biblia bajo una luz completamente nueva. Escribió: “Sentí que había nacido absolutamente de nuevo y había entrado al paraíso mismo atravesando unas puertas abiertas. Allí pude ver un rostro completamente diferente de todas las Escrituras” (de Luther’s Works, Vol. 31).

Lutero nunca dudó de la realidad de la ira divina hacia quienes se oponen continuamente a la gracia de Dios. Sin embargo, encontró en las buenas nuevas del Evangelio a un Dios cuya esencia es el amor (1 Juan 4:9), que quiere salvar, y no condenar (2 Pedro 3:9). En el pensamiento de Lutero, la Cruz se convirtió en el lugar donde Dios reveló más profundamente su corazón. En el rostro de Jesucristo, halló reflejada la imagen de un Padre amoroso, que llega a nosotros a través de Cristo, un ofrecimiento de nueva vida en el Espíritu que quiere levantar a la humanidad hasta el abrazo divino. El principio de la “sola gracia” significa que la humanidad no tiene posibilidad alguna de salvarse a sí misma. No hay posibilidad de un encuentro con Dios en la mitad del camino, ni hacer nada que nos convierta en merecedores de la salvación. Todos y cada uno de los pasos que damos hacia Dios son posibles solo por la gracia de Dios, manifestada en Cristo y otorgada por el Espíritu Santo. Por tanto, la salvación no se produce por la gracia y las obras, sino simplemente por gracia. Efesios 2:8–9 se expresa con gran claridad a este respecto: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”.

Esto no significa que las obras no tengan importancia para el florecimiento de la vida cristiana. Las obras son ciertamente vitales como meta o propósito de la gracia que nos fue otorgada. En los Tres tratados, Lutero escribió lleno de emoción, que, así como el Padre celestial ha venido gratuitamente a ayudarnos en Cristo, “nosotros también debemos ayudar gratuitamente a nuestro prójimo con nuestro cuerpo y las obras que hace, y cada uno debe convertirse en una especie de Cristo para otros, a fin de que seamos Cristos los unos para con los otros, y Cristo pueda ser el mismo en todos, esto es, que seamos verdaderamente cristianos.”

Dios nos salva para que nuestra vida dé fruto y nos convirtamos en fuente de bendición para los demás: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10). Nosotros hacemos buenas obras, pero solo porque somos hechura de Dios. Aunque las buenas obras forman una parte vital de la vida cristiana, nosotros recibimos la salvación únicamente por gracia.

Sola Fide

Lutero pasó de este punto a insistir que la salvación nos viene únicamente por la fe (latín: sola fide). Al decir “fe solamente”, estaba pensando en la fórmula más larga, que dice “por gracia, solo por medio de la fe”. “Solo la gracia” es el fundamento de “solo la fe”. Este fundamento de la gracia es necesario para evitar que la fe humana se convierta en un nuevo medio de alcanzar la salvación por medio del esfuerzo del hombre. La Palabra de Dios hace fluir y sustenta la fe en nuestro corazón (Romanos 10:17). Dios acepta nuestra fe como el medio en que recibimos a Cristo únicamente por gracia. Aunque la fe vacile, la base más profunda de la salvación está solamente en la gracia de Dios. De hecho, la fe por naturaleza no confía en nuestros logros cuando se trata de la salvación, sino únicamente en lo que Dios ha hecho para salvarnos.

De ese modo, como sucede con la gracia, recibimos la salvación por medio de la fe, y no de las obras. A Lutero le agradaba destacar la enseñanza bíblica según la cual es la fe y no las obras la que justifica a los creyentes (los sitúa en una relación recta con Dios). “Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:5). Aunque las obras son vitales para la fe como realidad viva (Santiago 2:26), la fe que nos salva solo confía solamente en Dios para nuestra salvación.

De hecho, tal como afirma Santiago: “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación. Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas” (Santiago 1:17–18). De esta manera, Santiago está plenamente consciente de que la salvación solo la tenemos por la gracia de Dios. Cuando él habla de convertirnos en justos por medio de la fe y las obras (Santiago 2:21–24), habla de las obras de la fe, y no de las obras que según la presuntuosidad de algunos podrían asegurar la salvación. Habla de la fe en acción. La justicia o justificación de la cual habla en este contexto no es así la aceptación por parte de Dios, sino la reivindicación de la fe como auténtica, como una realidad vivida, porque la fe sin obras es muerta (Santiago 2:26).

Sola Scriptura

Lutero enfrentó oposición por parte de las autoridades de la Iglesia por su mensaje de “solo Cristo, sola la gracia, solo la fe”. Era mucho lo que estaba en juego para esas autoridades. La Iglesia usaba su papel imaginario de mediadora de la salvación con el fin de fortalecer su poder en el mundo. Es fácil ver cómo estas autoridades eclesiásticas se sintieron amenazadas por el hecho de que Lutero estaba quitando el poder para salvar de la mano de las autoridades de la Iglesia para ponerlo únicamente en las manos de Cristo, por gracia y solo por medio de la fe.

Para justificar su resistencia ante esas autoridades, Lutero incluyó en su mensaje la idea de que la norma suprema de la verdad en las iglesias no reside en los obispos ni en la tradición, sino solamente en las Escrituras (latín: sola scriptura). Cuando se le ordenó que se retractara de sus escritos en su juicio de 1521, Lutero rehusó hacerlo, añadiendo unas palabras que son célebres: “Estoy atado a las Escrituras que he citado y mi conciencia está cautiva a la Palabra de Dios”.

Esto no quiere decir que los líderes de las iglesias o la tradición no puedan iluminar las Escrituras para nosotros. Sin embargo, para Lutero las Escrituras fundamentalmente se interpretan a sí mismas. Uno interpreta las Escrituras por medio de la norma del propio Evangelio que todo lo abarca en las Escrituras: el Evangelio de Cristo. La tradición posterior solo tiene valor para ayudarnos a comprender ese Evangelio, y es importante medir toda esa tradición a la luz de esa norma. Aunque ha habido una tradición fiel a lo largo de los siglos que ha sido vital para el testimonio de la Iglesia, solo las Escrituras es la autoridad máxima en las iglesias, la medida suprema de nuestra fe y nuestra práctica (2 Timoteo 3:15–16). Aunque el Espíritu nos puede hablar a través de mensajes proféticos y de otros dones espirituales, solo las Escrituras es la voz privilegiada del Espíritu en las iglesias. Tenemos el deber de poner a prueba o evaluar las tradiciones o las profecías para ver si son verdaderas. Pero las Escrituras es siempre cierta; es la norma a partir de la cual probamos todo lo demás.

La importancia de la Reforma hoy

Este no es un intento de glorificar a Lutero, puesto que él tenía pies de barro, como todo siervo de Dios. Tampoco tenemos la intención de darle un valor excesivo a su influencia en nuestra reflexión sobre la importancia de la Reforma para nuestros tiempos. La acción de Lutero de presentar públicamente sus 95 Tesis quinientos años atrás es simplemente simbólica del impulso reformador que ha caracterizado a la Iglesia desde su nacimiento. Y, obviamente, la Reforma fue más amplia y más diversa que el Movimiento Luterano. Los líderes reformados, anabaptistas y anglicanos contribuyeron también al comienzo del Movimiento Protestante.

Con todo, el aporte de Lutero sigue teniendo importancia para toda evaluación de la importancia que tiene el Movimiento Protestante hoy en la vida de las iglesias. ¿Cuál es esta importancia? ¿Por qué debemos celebrar que Lutero publicara sus 95 Tesis hace quinientos años?

Al referirnos a la importancia de la Reforma para nuestras iglesias, es importante que reconozcamos que nuestro contexto fue diferente al de Lutero. Los reformadores querían descubrir el fundamento objetivo y cierto de la fe en medio de las incertidumbres de la piedad cristiana. En cambio, los pentecostales buscaban promover la experiencia de la gracia como una sencilla posición confesional, en medio de una comprensión extremadamente intelectual de la fe. Por ejemplo, Aimee Semple McPherson escribió que no debemos limitarnos a confesar o profesar al Dios del Pentecostés, sino que también debemos poseer su naturaleza y su presencia en lo más profundo de nuestra alma.

No obstante, no debemos exagerar esa diferencia. Los Reformadores también consideraron la fe como una participación viva en Cristo, y los pentecostales insistieron en una nueva valoración del Evangelio de Cristo en toda su plenitud. Por esa razón, no es de sorprendernos el que los pentecostales siempre hayan considerado la Reforma como un valioso movimiento de renovación conectado con los avivamientos en generaciones posteriores. Por ejemplo, McPherson escribió que la restauración constante de la vida espiritual en la Iglesia comprendía el mensaje de Martín Lutero. Cuando Lutero captó la poderosa victoria de la salvación por medio de Cristo, fue como si “una gran luz descendiera del cielo”. Por medio de su mensaje, “la vida comenzó a fluir de nuevo por el tronco y las ramas del árbol”. Después continúa, expresando gratitud a William Booth, del Ejército de Salvación, a John Wesley, por el énfasis que ambos hicieron en la consagración y la santidad. Por último, la experiencia del bautismo en el Espíritu, especialmente con las señales de dones como el de hablar en lenguas, causó que floreciera la restauración espiritual de la iglesia.

Por consiguiente, es importante que exploremos la importancia que tiene la Reforma para las iglesias de hoy. Hay varios puntos que vale la pena destacar. En primer lugar, nuestro esfuerzo por poner en alto la abundancia de la vida en el Espíritu a veces ha descuidado la importancia de que solo Cristo es la norma de la experiencia espiritual. En vez de interpretar la plenitud del Espíritu de acuerdo al ejemplo del Cristo crucificado, como la plenitud del amor que está dispuesto al sacrificio, en ocasiones hemos considerado las normas culturales sobre la prosperidad y la abundancia material para describir el florecimiento de la vida en el Espíritu. Es aquí donde nuestra herencia de la Reforma nos puede ayudar, porque señala todo el valor de una vida cuyo único fundamento es Cristo. En vez de conformarnos a este mundo, debemos ser transformados por la renovación de nuestra mente para hacernos semejantes a Cristo (Romanos 12:2).

En segundo lugar, insistimos con frecuencia en la necesidad de creer con mayor fuerza y de llevar una vida piadosa. Este énfasis es correcto. Pero también es necesario que reconozcamos que nuestra aceptación por parte de Dios no se basa en la calidad de nuestro progreso espiritual. Se basa en lo que Cristo ha hecho por nosotros

Más aún, aunque tenemos la responsabilidad de buscar fervorosamente a Dios, nuestro progreso espiritual no se encuentra primordialmente en nuestras manos. Dios es quien nos capacita. La fe siempre es débil hasta cierto punto, y depende por completo de que la gracia de Dios la sostenga. El estandarte de la Reforma sobre “la gracia únicamente” nos puede recordar estas verdades.

Por último, el poder permanente que tiene la Reforma Protestante se halla en su llamado a todas las iglesias a que regresen a las Escrituras una y otra vez con el fin de oír nuevamente su Evangelio. Los pentecostales siempre hemos buscado el avivamiento al insistir en que las iglesias regresen al texto bíblico con oídos nuevos para escuchar una vez más el relato bíblico. Al hacer esto, hemos revelado nuestra dependencia de nuestra herencia protestante.

La Reforma defendió el principio de una Iglesia sometida a una reforma constante (latín: semper reformanda). Nuestro término favorito es el avivamiento. Pero ambos términos señalan esencialmente la misma práctica de abrir las Escrituras una y otra vez para pedir a Cristo que nos hable nuevamente, con el fin de que podamos arrepentirnos, creer y obedecer con una consagración renovada y un poder bien dispuesto.

En la vida de las iglesias hay momentos en los cuales es urgente que escuchemos la voz de Cristo a través de este texto sagrado en el poder del Espíritu. Esta necesidad podría surgir como consecuencia del error doctrinal o de las prácticas infieles en las iglesias. También podría derivar de descuidos espirituales o morales. El Movimiento Pentecostal quiso escuchar el Evangelio con un poder nuevo a comienzos del siglo veinte. La Reforma todavía es importante, debido a que la continua trascendencia de nuestro movimiento dependerá de que nosotros no dejemos de escucharlo.

Frank D. Macchia, D. Theology, D.D., es profesor de teología en la Universidad Vanguard, Costa Mesa, California.



Este artículo apareció por primera vez en la revista Influence Magazine edición October/November/December 2017. Usado con permiso.


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Authors: Frank D. Macchia