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Hace dos años, llegamos en nuestro ministerio a un punto en que nos sentimos agotados por completo. Estábamos conscientes de los peligros que representa el desgaste físico. Habíamos trabajado con muchos misioneros y pastores que habían sufrido de esa manera. Sin embargo, nos costó aceptar la realidad de que nosotros mismos estábamos enfrentado ese peligro. Por fin, bajamos la guardia ante algunos de nuestros amigos más cercanos, y ellos nos convencieron de que tomáramos unas pocas semanas de descanso, nos reorganizáramos y dejáramos de centrar nuestros pensamientos en el trabajo para centrarlos en Dios.


Durante nuestro tiempo de descanso, buscamos que Él renovara aquellas áreas de nuestro vida que se estaban marchitando en la misma vid. Nos desconectamos del correo electrónico, los medios sociales y las responsabilidades del ministerio para dejar que el Espíritu Santo hiciera su obra.


No sufrimos un drástico cambio de rumbo, pero Dios hizo renacer en nuestro interior una intencionalidad que provocó un cambio gradual y fundamental; tanto un cambio de corazón como un cambio en la forma en que hemos decidido vivir nuestra fe. Hemos sentido una disposición mayor a esperar que Dios intervenga en aquellos aspectos a los cuales la fe y la confianza no siempre llegan con facilidad. También hemos tomado una decisión consciente de usar de manera más deliberada el tiempo y la energía de las que disponemos. No todos los desafíos que encontramos demandan una inversión de tipo emocional. De hecho, la mayoría de ellos no la merecen siquiera.


Como pentecostales, tenemos cierta afinidad por los sucesos que transforman. Aunque puede haber períodos cruciales que lleven a un proceso de renovación, hemos llegado a la conclusión de que la renovación personal no es un solo suceso; ni siquiera una serie de sucesos. Más bien es el resultado de un estilo de vida que está en proceso de transformación. La renovación puede parecer algo diferente en cada persona. No obstante, podemos confiar que hay ciertas características de la vida renovada que Dios desarrollará en nosotros.


En Isaías 40:31 se nos habla de la fortaleza renovada que reciben los que esperan en Dios: «
Levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán». Es una energía divina que nos capacita para capear las tormentas de la vida, nos levantamos por encima de las derrotas y vencemos en esas luchas cotidianas que nos pueden agotar con tanta facilidad.

Cuando nos apoyamos en la fuerza de Dios, nuestra resistencia aumenta en medio de las crisis y cuando enfrentamos las vicisitudes de la vida en un mundo caído. Conforme Dios nos renueva, sentimos la fortaleza que promete su Palabra, y desarrollamos una visión nueva para el futuro.

         
No es posible separar el espíritu de la mente y del cuerpo. Somos una creación admirable, en la que cada parte afecta al todo, porque todo está relacionado de una manera extraordinaria. Aun así, es necesario que cuidemos de manera deliberada cada una de esas partes con el fin de que seamos renovados y se produzca vida. Exploremos estos desafíos y los pasos de acción correspondientes que se relacionan con el proceso integral de renovación.

 

El aspecto espiritual 

Como pueblo del Espíritu, nos sentimos atraídos a la vida. Es lamentable que a veces haya quienes confunden al Espíritu con las tendencias, los estilos y la publicidad. En cuanto a aquellos de nosotros que tenemos un bajo nivel de creatividad, es un alivio reconocer que «lo más profundo» no equivale a «lo más nuevo». Las mismas prácticas espirituales que fortalecieron a las generaciones del pasado pueden fortalecer nuestra vida hoy. Hay cuatro disciplinas que constantemente debemos practicar.


Orar en el Espíritu. En nuestra condición de pentecostales, no es cosa extraña la experiencia de hablar en lenguas. Sin embargo, tal vez necesitemos recordar lo importante que es apoyarnos continuamente en el Espíritu de esta manera.


Buscar momentos tranquilos con Dios. El arte de escuchar nunca cosecha más beneficios que cuando estamos a solas con Jesús. La presión de mantener un cierto nivel de ruido y de conversación debe doblegarse ante la necesidad de un momento de silencio. Estos últimos años, hemos anhelado tener momentos silencio. Hemos buscado deliberadamente oportunidades de disfrutar la quietud, tanto en la privacidad como en la vida colectiva. Para sobrevivir las exigencias del ministerio en el siglo veintiuno, necesitamos buscar de manera deliberada espacios de silecio en que podamos escuchar la voz de Dios.


Observar la historia. Hemos desarrollado nuevas perspectivas por incorporar a nuestros momentos devocionales los escritos y las oraciones de grandes cristianos que anduvieron antes que nosotros por el camino de la fe y del ministerio. Por ejemplo, Agustín de Hipona dijo que si él tuviera que eliminar todas las disciplinas espirituales menos una, se quedaría con el examen. Esta antigua disciplina es un sencillo ejercicio que consiste en reflexionar sobre nuestro día, dando gracias a Dios por lo bueno que hemos hecho, confesando los aspectos en que fallamos, y buscando perdón y fortaleza para mejorar al día siguiente.

Nunca podremos exagerar cuán importante es reconocer ante Dios nuestros pecados y pedir su misericordioso perdón. Nosotros terminamos muchas veces nuestro día dedicando entre diez y quince minutos a la oración y a reflexionar en silencio. Uno de los beneficios de esto es la sensación de que estamos concluyendo ese día.


Practicar el Día de Reposo
. Es de crucial importancia que nos fijemos límites y destinemos un día semanal al reposo. En cuanto a los ministros, el reto más significativo de todos puede ser el de encontrar tiempo para tener ese día. Y sin embargo, la falta crónica de descanso obstaculiza nuestra búsqueda de una renovación personal.

 

El aspecto mental

Nuestra vida se mueve constantemente hacia el futuro, y la salud con la cual nos dirigimos a ese futuro depende en gran parte de nuestra fortaleza emocional. Los pensamientos negativos, la falta de perdón y la ansiedad traen consigo una neblina de abatimiento y cansancio crónico. No tenemos por qué vivir de esa manera. En Romanos 12:2 se nos recuerda que la renovación de la mente produce una transformación. Esa transformación no es un suceso único; es un estilo de vida, una decisión diaria de confiar en Jesús y seguir su ejemplo.


Cuando llegamos a la edad adulta, nuestros esquemas mentales y la imagen que tenemos de nosotros mismos están bien establecidos. Los años de reprogramación para eliminar los pensamientos y los estilos de conducta negativos nos pueden parecer una tarea insuperable. Sin embargo, para Dios no hay nada imposible. Él quiere que sus hijos sufran menos estrés, ansiedad y depresión, y tengan más esperanza, energía y paz.


Cuando andamos más lento y prestamos atención a la vida, podemos evaluar nuestros procesos mentales, esas experiencias de conocimiento que nos llevan a conclusiones particulares. Entonces podemos examinarlas a través de las verdades de la Palabra de Dios y la realidad de nuestras circunstancias. A veces es beneficioso que hablemos con alguien que nos ofrezca comentarios útiles; este alguien puede ser un miembro de nuestra familia o un amigo de confianza. Si fuera necesario, no dudemos en buscar ayuda profesional. 


¿Cómo podemos cambiar lo que no conocemos, y cómo decidimos dónde comenzar? Tenga en cuenta cuatro aspectos de las decisiones para una vida emocionalmente saludable. Durante el curso de un año, nos propusimos decidir entre dos maneras opuestas de vivir la vida.


Perdón o rencor. Jesús nos dio el mejor ejemplo de perdón en la cruz, cuando le pidió al Padre que perdonara a quienes lo habían crucificado (Lucas 23:34).


No es posible que volvamos al pasado para deshacer los sufrimientos que hemos causado, o las injusticias y traiciones que hemos sufrido por causa de otros. Sin embargo, sí podemos tomar la decisión de perdonar. También debemos aprender a no confundir el perdón con la confianza. No tenemos que exponernos a una situación de tal inestabilidad, y es posible que no olvidemos los sufrimientos. Sin embargo, los sucesos que nos han herido, se pueden convertir en parte de la historia de nuestra vida, sin la amargura que en un momento sentimos al recordar.


Así como perdonamos a los demás, debemos aprender a perdonarnos nosotros mismos. Si tomamos la decisión de aprender de nuestros propios errores y nos negamos a rumiar los «si yo» y los «si yo no», tendremos para con nosotros mismos la compasión que estamos dispuestos a mostrar a los demás. El hecho de dejar que la gracia de Dios fluya en nuestro interior nos permitirá movernos con libertad y seguridad, en vez de quedarnos atascados en el pasado.


Verdad o mentira. Para enfrentar la verdad y la realidad de cualquier situación, es necesario que venzamos la crítica que llevamos dentro. Si no desafiamos esos pensamientos negativos que surgen de manera automática, constantemente despertarán en nosotros el remordimiento por situaciones pasadas; nos robarán el gozo del presente y nos despojarán de toda esperanza para el futuro. Nos dejarán con una actitud fatalista y pesimista que definirá nuestra percepción de la realidad. El hecho de reconocer los pensamientos negativos (por ejemplo: nunca hago lo que debo, soy un fracasado o nadie me ama) de lo que es la realidad, nos ayuda a examinar los hechos con objetividad y claridad. Esto es lo que necesitamos para tomar decisiones sabias y saludables.


También debemos cuidarnos de suponer cosas que no vemos ni sabemos. Si atribuimos una cierta motivación a la conducta de otras personas o suponemos que hemos entendido su punto de vista nos desvíamos en nuestra búsqueda de la verdad.


Razón o emoción. Las emociones solas no nos bastan para decidir cuán acertada es una idea. Aunque nos informen de la presencia de algún desequilibrio, debemos examinar nuestros pensamientos hasta llegar a la raíz para decidir hasta qué punto es precisa la conclusión. Una vez que lo hemos hecho, podremos filtrar esos pensamientos, y distinguir entre realidad y engaño, para realmente enfrentar la verdad.

Hay emociones como el temor, la vergüenza, las dudas y la ansiedad que nos pueden llevar a creencias irracionales en relación con nosotros mismos. Al comparar esas creencias con la Palabra de Dios, la verdad en nuestras circunstancias y en los comentarios de otros, propiciaremos un ángulo emocional más saludable desde donde enfocar la vida.


Positivo o negativo. Filipenses 4:8 le sirve de fundamento a una sencilla práctica destinada a cambiar la negatividad personal a una apreciación más positiva de la vida. Si sedicamos tiempo a pensar en la bondad de Dios—como la lista que podemos escribir al final del día de tres cosas por las cuales le estamos agradecidos—, fomentaremos una actitud de agradecimiento que debilitará esos pensamientos destructivos que nada aportan.


Por ser seguidores de Cristo, no debemos basar nuestra conducta en lo que sentimos, en nuestras circunstancias o en nuestra interacción con los demás. Nuestras emociones y nuestros deseos proceden de nuestro pensamiento, y es necesario que este proceso mental se renueve día tras día con la dirección y la poderosa ayuda del Espíritu Santo. Aunque esto sea una perogrullada, lo cierto es que si cambiamos nuestra manera de pensar, cambiaremos nuestra vida.

 

El aspecto relacional

Aunque Jesús ministró a las multitudes, y también a las personas de manera individual, buscó sus relaciones más cercanas dentro de un círculo de amigos. Sus momentos más íntimos, y algunos de sus conflictos más intensos, se produjeron dentro de ese círculo. Aunque los ministros destacamos con frecuencia la importancia de la comunidad, a veces somos los peores a la hora de ser consecuentes en este aspecto de la vida espiritual. 


La ordenanza de la Cena del Señor establece e ilustra la importancia de la relación con Dios y la relación entre los creyentes, al hacernos recordar el sacrificio de Cristo y al mismo tiempo mirar al futuro como miembros de su Iglesia. De la misma manera que reconocemos nuestra fe como comunidad de creyentes en la Cena del Señor, también cada uno de nosotros debe vivir su fe ante la comunidad.

Cuando Pablo le habló a los Gálatas (6:2) de «sobrellevar los unos la carga de los otros», se refería a situaciones que Dios nunca tuvo la intención de que una persona soportara sola. A veces, Dios permite que se desarrollen en nuestra vida ciertas circunstancias que no estamos preparados para enfrentar por nuestra propia cuenta y riesgo. En esos tiempos, los miembros de nuestra comunidad nos acompañan en nuestro camino, y nos ayudan a llevar la carga hasta que ya no sea necesario. 


Para un ministro, la comunidad puede ser algo delicado. Aunque la iglesia local ofrece una atmósfera de comunidad, los ministros también debemos crear relaciones de responsabilidad mutua y confianza fuera de la congregación. He aquí algunas preguntas que debemos consideerar al buscar comunidad:

  ¿Me proporciona esta comunidad una red de seguridad a mí y a mis seres amados, un lugar de amor donde podremos encontrar amparo en medio de las tormentas?

  ¿Me ofrece esta comunidad la oportunidad de rendir cuentas de mi vida?

  ¿Permito que los miembros de mi comunidad me hablen con sinceridad acerca de los aspectos más desafiantes de mi vida y mi ministerio, y permiten ellos que yo haga lo mismo?

  ¿Es la confidencialidad algo que mi comunidad respeta?


Además de contribuir a la longevidad, el hecho de encontrar una comunidad saludable y mantenernos como parte de ella podría ser un factor clave en nuestra renovación personal.

 

El aspecto físico

Si nuestro cuerpo es morada del Espíritu Santo, ¿acaso no deberíamos cuidarlo de una manera que glorifique a Dios y nos motive al crecimiento y la renovación personal? Los eruditos han calculado que durante su ministerio Jesús caminaba un promedio de treinta y cuarenta kilómetros cada día. Su capacidad para mantener este ritmo nos dice que Él cuidaba de su salud.


Una salud física es deficiente puede afectar la mente y el espíritu. El sueño, el ejercicio y la alimentación son los tres elementos básicos para la salud física.


La mayoría de los adultos necesitan entre siete y nueve horas de sueño. Los estudios señalan que la privación del sueño puede llevar a un mal rendimiento en las tareas mentales complejas. La falta de sueño también puede causar un aumento en el peso. Es importante que aprendamos a desconectarnos antes de ir a dormir. Leer un libro puede ayudar a calmar la mente y el cuerpo y preparlo para el sueño, a diferencia de la atención que prestamos a los medios sociales o la televisión. Los efectos que tienen sobre el sueño la dieta y el consumo de cafeína varían de una persona a otra, de manera que debemos conocer nuestro cuerpo y lo que nos ayuda a relajarnos y conciliar el sueño.


Lo siguiente es la dieta, la cual no afecta solamente el peso. Los alimentos que escogemos pueden afectar nuestro sueño, nuestro ánimo, el nivel de energía y la salud en general. Una dieta saludable también puede tener un efecto positivo en las disciplinas espirituales. Nos es más fácil centrarnos en la oración, el estudio de la Biblia y el ministerio cuando no nos sentimos débiles o enfermos. Es esencial que entendamos las pautas básicas de una buena dieta. Hay portales de la web y aplicaciones para teléfonos inteligentes como MyFitnessPal que pueden ser valiosas herramientas.


La actividad física también es importante. Hay quienes rechazan la idea de que se necesite ejercicio, citando a Pablo en 1 Timoteo 4:8: «El ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha».


Obviamente, la búsqueda de la justicia es la prioridad antes que la buena condición física. Sin embargo, esto no significa que Pablo y Timoteo llevaran una vida sedentaria. De hecho, la vida en el siglo primero exigía un nivel de ejercicio que no es esencial en los Estados Unidos del siglo veintiuno. Es lamentable que hoy en día haya tantas personas que no incluyan el ejercicio físico intencionado como una de las ocupaciones importantes de la vida.


Como sucede con las costumbres en cuanto al sueño y la dieta, no hay un plan para el bienestar físico que se pueda aplicar a todas las personas. En cuanto a aquellos que han sido bendecidos con una buena condición física para el ejercicio básico, Brandon Newman, misionero de las Asambleas de Dios y consultor de bienestar personal, recomienda incorporar a las actividades diarias por lo menos ciento cincuenta minutos de ejercicio aeróbico moderado (caminata a paso rápido) o setenta y cinco minutos de ejercicio intenso (correr) cada semana.


«Este hábito ayudará a controlar el apetito, a mejorar el ánimo y a desarrollar mejores hábitos para dormir, además de reducir los riesgos de enfermedades del corazón, apoplejías, diabetes, deterioro de las facultades mentales, depresión y muchas formas de cáncer», afirma Newman.

 

Conclusión

Aunque con frecuencia pensamos en la renovación personal en función de momentos dramáticos que nos acercan más a la Cruz, generalmente son las disciplinas diarias, tanto espirituales como mentales, relacionales y físicas, las que allanan el camino para una salud renovada. Independientemente de lo que nos depare este año, si hacemos un inventario de estos aspectos de nuestra vida, fijamos nuestras metas en oración y deliberadamente decidimos que nos mantendremos fieles a ellos, notaremos un marcado cambio en nuestra salud en general, al mismo tiempo que nos preparará para experimentar la renovación que tanto anhelamos.


Butch y Pam Frey
han sido misioneros de las Asambleas de Dios durante más de treinta años, veinte de los cuales estuvieron dedicados a ministrar en México. Butch sirve en la actualidad como coordinador de la atención a los miembros de las Misiones Mundiales de las AD, y Pam sirve como consultora de la atención a los misioneros. La labor de ambos conlleva la intervención en las crisis, la adaptación a las transiciones y muchas otras facetas de la vida de los misioneros.



Este artículo apareció por primera vez en la revista Influence Magazine edición January/February 2018. Usado con permiso.


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¿Lo primordial de la vida?

Fri, 18 Aug 2017 - 10:51 AM CST
















Con 87 años y medio, Manuel De Jesús Cruz, el pastor principal de la Iglesia Pentecostal Hispana Bethel en Lakewood, Nueva Jersey, no tiene concepto de retirarse.

De hecho, la iglesia acaba de desembolsar $790.000 por la compra de veintitrés acres para construir una nueva instalación. Son $790.000 en efectivo, lo cual es un gran logro considerando que la congregación ni siquiera podía recaudar $3.000 para reparaciones en el techo cuando Cruz comenzó como pastor hace veintinueve años.

Por supuesto, Cruz asumió el control de la iglesia cuando sólo asistieron dieciocho personas. Ahora asisten unas setecientas cincuenta todos los domingos.

Cruz aceptó con entusiasmo el trabajo pastoral que nadie más quería, tres años después de emigrar a los Estados Unidos desde la República Dominicana. En la República Dominicana, Cruz sirvió como superintendente de las Asambleas de Dios. Cuando llegó a los Estados Unidos, fue a trabajar a una fábrica.

El puesto para ser pastor venía lleno de señales de advertencia: la iglesia se reunía en una peligrosa zona con alta criminalidad. Una división había dejado a la congregación tambaleándose, y sólo permanecían unos pocos asistentes. El edificio en sí se había desmoronado hasta el punto que el condado amenazaba con condenar a cerrar la estructura a menos que las reparaciones comenzaran de inmediato.

Cruz pensó que lo primero en arreglarse debía ser el techo de la iglesia y que ese esfuerzo de buena fe evitaría la acción gubernamental. Para la renovación se necesitaba un estimado de $3.500.

«Para nosotros era una cantidad enorme, no teníamos nada», recuerda Cruz.

Por lo tanto, Cruz solicitó un préstamo al Distrito Hispano del Este. La oficina aceptó prestar $3.000. De alguna manera, los congregados recaudaron entre ellos 500 dólares para completar lo necesario.

Poco a poco la iglesia hizo las renovaciones necesarias, y la congregación creció.

«Las personas evangelizaron, discipularon a los nuevos creyentes y realizaron actividades comunitarias», dice Cruz.

Hoy en día, están representadas en la Iglesia Pentecostal Hispana Bethel diecisiete nacionalidades hispanas. La mayoría proviene de México, y muchos son inmigrantes de bajos ingresos.

Cruz puede sentirse identificado. En los años ochenta quiso mudarse a los Estados Unidos para tener una vida mejor para sus hijos. Larry Cederblom, entonces misionero en la República Dominicana con Misiones Mundiales de las Asambleas de Dios, lo ayudó en su causa.

Ahora, Cruz, Candida, su esposa de casi 60 años, sus cinco hijas, tres hijos, veinticinco nietos y diez bisnietos, todos viven en Estados Unidos. Cruz dice que todos sus hijos están sirviendo al Señor.

La primogénita, Rodys Morales es la pastora asociada a tiempo completo en la Iglesia Pentecostal Hispana Bethel. Durante los últimos quince años, Morales ha trabajado en la consejería, la predicación y la enseñanza. Ella estima que tres cuartas partes de la congregación son hablantes de español solamente.

Su hermano de cuarenta y cuatro años Isaac S. Cruz es pastor de Iglesia Pentecostal Bethel en Lakewood, una de las tres iglesias afiliadas que la Iglesia Pentecostal Hispana Bethel ha comenzado.

Manuel, que todavía está muy activo, dice que permanecerá en el púlpito hasta el día de su muerte. Algunos domingos él predica tres veces en la Escuela Dominical, el servicio regular, y en una de las congregaciones que han abierto.

«El Señor provee la energía», dice Cruz.

Tan pronto como el gobierno del condado apruebe los permisos, comenzará la construcción de un nuevo edificio a sólo una cuadra del actual edificio. Cruz anticipa que el nuevo santuario tendrá 1.200 asientos.

Según Manuel A. Álvarez, superintendente del Distrito Hispano Este, los esfuerzos ministeriales que Cruz ha ejercido en las últimas tres décadas son una bendición.

«Tiene hambre de ganar almas para el Reino», dice Álvarez, de 58 años. «Él tomó una iglesia moribunda que estaba en pedazos y no le importó como lucía. Ahora hay una iglesia fuerte, y que todavía está en construcción».



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Authors: John W. Kennedy